La felicidad no se consigue poniéndose grandes metas difíciles de cumplir, sino bajando las expectativas hasta que cumplan con lo que ya hemos conseguido. Cuánta sabiduría encierran estas palabras. Yo por ejemplo, ahora podría plantearme inalcanzables objetivos y deseos, como liberarme de estas cuerdas que me cortan la circulación, darles una paliza a los dos turcos que me tienen vendados los ojos y salir del almacén por la puerta grande, con la mercancía, el dinero y una sonrisa de oreja a oreja. Ahora bien, si estos son mis objetivos, tengo un 99.9% de probabilidades de fracasar y eso es demasiado hasta para un tipo con suerte como yo. Y con el poco tiempo que me queda, creo que no me merezco esa desdicha. Cierto es que la situación en que me encuentro no es perfecta. La silla podría ser más cómoda y podría no haber perdido el dedo meñique a manos de ese persistente torturador, pero eso sí, la noche está muy agradable. ¡Qué coño! Está preciosa. Hay que ser positivo hombre, que al paso que voy es muy probable que no tenga muchas noches que disfrutar. Además, tengo unos amigos maravillosos y hay veces que eso es todo lo que se necesita para ser feliz. De hecho, si no fuera por ellos no creo que hubiera llegado tan lejos yo sólo.
Carmelo, el fue quien me habló del trabajo. Carmelo, un tío con todas las letras. De los pies a la cabeza, bueno salvo lo de los pies, porque no sé que coño le pasó de pequeño que por gangrena o algo así perdió las piernas y lo que no son las piernas y su cuerpo no le empieza hasta llegado el ombligo. Lo sé, yo tampoco me imagino cómo coño se las arregla sin lo de ahí abajo, pero hay asuntos que son muy personales, y cada cual con lo suyo y Dios en la de todos. Eso sí, es un colega de puta madre, porque es verle y te hace sentir el tío más afortunado del mundo sólo por tener un miembro hecho y algunas veces hasta derecho. Él fue quien me recomendó este trabajo. Un trabajillo fácil, me dijo. Con esa cara de pan que es que te lo comerías a besos si fueras mariposón o mujer de buen conformar, cómo iba a decirle que no. Un robo sin dificultad. ¿Hay alguno que la tenga? Dije yo. Esa es la actitud, sonrió. Ante todo positivo.
Ah, la cita anterior sobre la felicidad era de Andrés. Todo un manual de filosofía popular. Con voz de barítono suele decirme, Víctor, cuando las desgracias se suceden y atosigan nuestros pensamientos lo mejor siempre es esconder la cabeza bajo la tierra como haría el avestruz, con el tiempo, los problemas se solucionan solos. Ese era Andrés, que por el interés tanto te quiero, pero que tonto eres a veces hijo mío. En todo este asunto él era el conductor del vehiculo, que parece que viendo las películas americanas siempre hace falta uno, aunque yo conduzco razonablemente bien, pero en fin. Por supuesto, y siendo fiel a su filosofía de vida, cuando la cosa se puso difícil desapareció y a estas horas debe ya estar en algún puticlub cerca de Barbate fundiéndose el adelanto que me obligó a darle para conducir mi coche hasta la puerta del almacén.
Como es bien sabido, nadie llama a Andrés sin llamar después a Lole, la encantadora Lole, amante indiscreta del robo sin violencia. Siempre tan mona, siempre tan dispuesta a ayudar, siempre lista para meterte una puñalada trapera y birlarte la mercancía y el corazón a la menor ocasión y dejarte a merced de los turcos y su torturador. Menuda zorra. Con decir que después de rondarla durante un año y medio, me decido a lanzarme y no se le ocurre otra cosa que descojonarse en mi cara llamándome iluso de mierda... Ay que joderse, iluso...pero bueno, nadie es perfecto, y los amigos no son una excepción. Y al fin y al cabo, yo, a pesar de mi refinado lenguaje y mi adorable modestia, supongo que soy tan bastardo y cabroncete como el que más. Además, no dicen que hay que tener amigos hasta en el infierno, pues ahí vivo yo, primero derecha, pasen sin llamar.
Dios mío, esto se está haciendo más largo que el camino de Santiago, por qué no terminarán el trabajo los Turcos, que todo tiene un límite. Les oigo cuchichear pero no pasan a la acción. Espera, oigo ruidos, alguien entra, ¿quién está ahí? ¿qué está pasando? Oigo voces, barullo, puede que una pelea, puede ser… no, no puede ser.
- ¿Andrés eres tú? ¿Andrés?
- El mismo que viste y calza. Deja que te retire la venda.
- Gracias, amigo. Nunca dudé que vendrías a por mi.
- Siento haberme demorado, pero la historia se tornó harto complicada cuando la policía se presentó de improviso en el local.
- Bueno, lo importante es que has venido a por mí.
- Claro, pero apúrate Víctor, Lole está esperando en el coche y no quiero que se impaciente, que ya sabes que es de pronto rápido.
- Hombre, Andrés, no digas eso, de los amigos no se habla mal.
- Tienes razón. No hay peor traición que la que se hace a un amigo.
- Sí claro, eso pienso yo. Por cierto, no habrás visto un dedo por ahí. A lo mejor si lo metemos rápido en hielo...
- Víctor, déjame decirte esto como amigo ¿Tocas el piano?
- No.
- Pues olvida tu pequeño miembro. Es mejor salir con nueve dedos en las manos que con los pies por delante.
- Tienes razón, siempre la tienes. Vámonos de aquí.
- ¿Y esa sonrisa?
- Nada, supongo que de felicidad.