jueves, 15 de marzo de 2012

Encrucijada

 Allí estábamos los tres, el matemático, el imbécil y yo. Allí estaba la infranqueable muralla y el ejército enemigo tratando de probar lo contrario. Allí estaban unas botas que me destrozaban los dedos de los pies mientras el imbécil jugaba con un cuchillo y el matemático calculaba lo inevitable de nuestra derrota. Allí estábamos todos y aún así no parecíamos suficientes.

-      Si continúan con su ritmo constante de erosión sobre la zona inferior de la muralla, en no más de quince horas ya no tendremos nada que defender. Dijo el matemático.
-      No hace falta ser alarmista. La situación se está poniendo difícil, pero no es necesario dramatizar. Dije yo. Es mejor mantener la calma para que el miedo no nuble nuestras mentes.
-      No es el miedo lo que mueve mis cálculos, es la ineludible realidad. O hacemos algo para detener este ataque o en quince horas a lo sumo, seremos pasto de los gusanos.
-      Yo no quiero ser pazto de los gasunos. Apostilló el imbécil, y con aire distraído volvió a centrase en su cuchillo.
-      Mirad, nadie quiere morir aquí, pero se nos ha encomendado una tarea y debemos cumplirla.
-      ¿Para qué? Cuestionó el matemático. Detrás de estas murallas no hay nada que valga la pena. Sólo un desierto yermo que se extiende cuatrocientos kilómetros en todas las direcciones. Sería mejor dejarles pasar y que juzguen ellos por sí mismos si les merece la pena...
-      Ellos son el enemigo y no pueden ni pasar, ni ver, zanjé. Deja de pensar en opciones imposibles y comienza a pensar en como salir adelante. Hay que hacer que el enemigo desista de su intento.

Dicho esto volvió el silencio, al menos por nuestra parte. Del otro lado de la muralla se acercaba un ronroneo que aumentaba según pasaban las horas. El matemático parecía inquieto, escribiendo cálculos en su cuaderno. El imbécil, aunque mantenía un gesto de duda, continuaba absorto en el dibujo que grababa en el suelo. Yo me apoyé contra la pared tratando de dejar la mente en blanco. El calor comenzaba a hacerse notar a medida que el sol ascendía y el paisaje, como apuntaba el matemático, resultaba desolador. Era fácil rendirse a esa evidencia y abandonar la misión. Por eso me habían puesto a mí al mando. Sabían que yo no era de los que se rendía fácilmente. Sabían que yo no dudaría de las decisiones antes tomadas. Nuestra tarea no era juzgar las bondades de nuestra tierra, nuestra tarea era defenderla de los invasores a cualquier precio.

-      Son mil quinientos veintisiete hombres armados, incluyendo a su general. Comentó abruptamente el matemático. Se dividen en dos guarniciones que desgastan nuestras defensas de manera alternativa, de veinte en veinte, ora los de la zona sur, ora los de la zona este. Así, mientras unos actúan los otros reponen fuerzas.
-      Sí, dije yo, es un enemigo listo. Eso hará aún más valiosa nuestra victoria.
-      No será valiosa, porque no habrá victoria. Si seguimos aquí moriremos, es inevitable.
-      Yo no quiero morir. Dijo el imbécil. Yo quiero matar al enamigo. Yo no quiero morir.
-      Tranquilos, si hacemos lo que nos han mandado...
-      No servirá. Resolvió serio el matemático. Lo he pensado todo y no tenemos opción.
-      Siempre hay una salida. Dije yo alzando la voz. Siempre.
-      El matemático no pareció alterarse. Ellos son mil quinientos diecisiete, nosotros tres.
-      Somos tres, dijo el imbécil haciendo el gesto con la mano. Yo quiero matar al enamigo.
-      No tenemos ninguna oportunidad. No tenemos ninguna oportunidad.

El matemático continuaba repitiendo esta frase mientras giraba formando un círculo en la tierra casi perfecto de un metro de diámetro. Los ruidos al otro lado de la muralla se intensificaron hasta convertirse en un lamento hiriente. El imbécil volvió a ausentarse en su dibujo. Lo miré grabando el suelo con la punta de su cuchillo, era una batalla o lo había sido. Había una pila de cuerpos en el suelo y encima de todos ellos un hombre, supongo que él, sujetando en su mano la cabeza cortada del general enemigo. Quizá no era tan tonto después de todo.

-      Acercaos por favor. Tengo la solución a nuestro problema.

El matemático y el imbécil se incorporaron y los tres formamos un triángulo equilátero.

-      Una serpiente sin cabeza no es una serpiente. Dije tratando de aportar solemnidad a la idea. Y un ejército sin general, no es un ejército.
-      ¿Qué quieres decir?
-      Un batallón, al igual que la serpiente, necesita de una cabeza pensante que sirva de cohesión a todos sus pasos. Alguien que aliente a las tropas en el fragor de la batalla. Alguien que sirva de referencia cuando se aproxima la hora del combate. Sin esa cabeza, sin ese general, el ejército está perdido.
-      ¿Quieres que acabemos con la vida de su general? Dijo el matemático.
-      En efecto, eso es lo que haremos. Ahora todo cobra sentido.

Me sequé la frente con la manga de mi uniforme y las ideas comenzaron a cristalizar en mi cerebro.

-      No es casualidad que nos hayan mandado aquí a nosotros tres. Un hombre fuerte para llevar a cabo nuestro plan, otro inteligente para desarrollarlo hasta convertirlo en infalible y un tercer hombre de espíritu inquebrantable que haga que nuestra misión siempre siga adelante.
-      ¿Pero que estás diciendo? Contestó el matemático agitado. No sé si eres un engreído o un loco. Matar a su general es imposible, porque para hacerlo tendríamos que atravesar toda sus guarniciones de soldados.
-      No tolero que se me hable así. Dije elevando la voz. Estás minando la moral de mis tropas y eso no lo voy a consentir.
-      ¿Pero de qué tropas me estás hablando? Dijo el matemático enrabietado. Si sólo somos este imbécil y yo. Definitivamente te has vuelto loco. Yo me largo.

Nada más pronunciar estas palabras y mientras su mano se alzaba amenazadora señalando desprecio, una punta metálica asomó por el frente de su estómago, paralizando la escena, privándola de movimiento, haciendo difícil incluso respirar. Un par de segundos después el matemático se derrumbo dejando a su espalda al imbécil aferrado a su cuchillo

-      Yo quería matar enamigos. Él quería marcharse. Nadie abondana su puezto.

Repetía sus palabras casi con lágrimas en los ojos buscando aprobación.

-      No pasa nada, le dije. Dentro de poco nada de esto importará.

Hubo un gran estruendo. Nos dimos la vuelta y observamos como la muralla cedía a escasos metros de nosotros, dejando entrar las hordas de enemigos tal y como había predicho el matemático. Paralizados por el miedo allí nos quedamos los dos solos. Ya no había muralla, sólo dos imbéciles.



lunes, 5 de marzo de 2012

 Ya con absoluta desorientación, extraño en un mundo que no era el suyo, entró en el vagón de metro número cuatro. Dos ancianas siamesas sentadas a la izquierda de la puerta le miraron fijamente, escrutando su cuerpo sin ningún pudor o disimulo. Un hombre con una guitarra en la mano se le acercó, pidiéndole dinero por alguna canción que él no había escuchado. Había un líquido marrón derramado en el suelo y una lámina de vaho opacaba los cristales. Una mujer de apariencia hindú se levantó dejando un sitio libre junto a las dos hermanas. Él prefirió seguir de pie. El traqueteo del vagón se hizo más intenso acompasándose a los latidos de su sien, formándose uno con el dolor de cabeza que a estas alturas taladraba su cerebro. Era difícil discernir lo verdadero de lo falso en esa situación. Debía salir de ahí, alejarse de toda esa maraña de rostros escrutantes, retornar a un lugar seguro. Sin tiempo para más pensamientos el metro llegó a una nueva estación y él consiguió salir a trompicones respirando una honda bocanada de aire fresco una vez alcanzado el otro lado de la puerta. ¿En verdad el mundo es la cárcel que parece? ¿En verdad no queda otra salida? El andén estaba prácticamente vacío. Un par de enamorados se movían rítmicamente al otro lado de las vías. Las mismas vías que cada vez le parecían más sugerentes, más atractivas. Se quedó absorto mirando las inabarcables paralelas metálicas y sólo volvió la cabeza cuando a lo lejos oyó la venida de un nuevo tren. Sintió que las cosas empezaban a encajar. El tren se acercó un poco más y con la mirada fija en los brillantes faros, la máquina llegó casi hasta donde él se encontraba. Debía ser así. Simple, limpio. Un pequeño movimiento y todo se habría acabado. La sangre comenzó a presionarle la piel, tratando de escapar. La luz del primer vagón le cegó casi por completo. Tan sólo faltaban unos metros para la colisión. Sólo unos metros más...
-     Para, para, para…¿nadie va a decir nada?
-     Carlos, por favor.
-     No, ni Carlos por favor ni nada. Tío, ¿cuántas veces nos vas a contar la misma historia? Joder ya está bien. Sino has escrito nada nuevo, no pasa nada, no lo cuentas y punto.
-     A ver Santiago, sé que no son las maneras, pero Carlos tiene razón, esto es una clase de escritura y no puedes leernos todas las semanas el mismo relato. No pasa nada, cuando escribas algo nuevo, lo lees, y si no has escrito nada una semana, no hay problema.
-     Pero esto que he traído es un texto original. Es la primera vez que lo leo en público.
-     Venga tío, no me jodas.
-     Carlos, por favor, no hace falta ponerse nerviosos. A ver Santiago, esto nos lo leíste la semana pasada y también la anterior y la anterior de la anterior.
-     Perdonadme todos, no sé si esto es algún tipo de broma organizada o similar… esto lo acabo de escribir hace dos días, es imposible que os lo haya leído ya.
-     Que sí que lo has leído joder. Lo que pasa es que estás como una cabra y nosotros tenemos que aguantarlo.
-     Carlos, tranquilo, no pasa nada, leemos otro relato y continuamos la clase.
-     Pero Cristina ¿no le vas a decir nada más? que la próxima semana este tío nos va a volver a leer el mismo rollo otra vez. ¡Coño! que una vez vale, pero es que no sé ni cuántas veces lo ha leído ya.
-     Siento mucho causaros estas molestias a todos, por favor, perdonadme, no era mi intención. Eso sí, quisiera reiterar que esto lo escribí hace dos días y que si leí algo parecido la semana pasada fue de manera inconsciente. No trataba de plagiarme en modo alguno y mucho menos aburriros.
-     Parecido no, idéntico, palabra por palabra.
-     Carlos…
-     No pasa nada Cristina, Carlos lo ha dejado bien claro, y el silencio de los demás supongo que es aprobatorio de su actitud. No me gusta estar donde no se me quiere.
-     Pero Santiago, no hagas caso, quédate a oír el resto de los relatos.
-     Cristina, no soy idiota y no me gusta que me traten de loco. Mejor me marcho. Si me encuentro con ánimos volveré la siguiente semana.
-     Mientras no nos traigas el mismo relato.
-     Carlos, por favor, ya está bien.
Santiago recogió sus cosas en silencio y abandonó la clase sin despedirse. Salió a la calle a paso ligero. Las farolas estaban apagadas en su lado de la acera y la oscuridad sólo la rompían dos locales nocturnos que anunciaban diversión en unos neones de color rosa. Casi a punto de doblar la esquina en un recodo que hacía de callejón encontró un hombre pinchándose entre dos coches, su cara era solo una sombra. Le ignoró. Tenía cosas más importantes en qué pensar. El incidente de la clase seguía dando vueltas en su cabeza y arrastró estos pensamientos hasta la gran vía. El ajetreo debía ser un bálsamo para su cerebro pero no surtió efecto. La gente que se cruzaba con él le resultaba grotesca y el frío en su cara no conseguía estimularle lo suficiente. Un matrimonio elegantemente vestido se paró delante suyo y le habló. Le preguntaron algo pero no consiguió entenderles. Eran extranjeros. Trató de aclarar si buscaban una dirección o localizar algún monumento. Respondieron a sus preguntas con más palabras incomprensibles.
Un suave dolor de cabeza hizo su aparición mientras el matrimonio comenzó por su cuenta una discusión acalorada. Al desconcierto reinante se sumó tambaleándose el drogadicto del callejón que comenzó a increpar a Santiago agarrándole del hombro con una mano, en la otra la jeringuilla con una gota de sangre en la punta. Santiago trató de zafarse pero el hombre le agarró por la solapa demostrando una fuerza inesperada. Asustado y asqueado al mismo tiempo Santiago consiguió retirarle de un empujón que le derrumbó como una hoja marchita. Aturdido por la situación Santiago comenzó a correr en dirección contraria al barullo de gente que empezaba a juntarse a su alrededor. Al cabo de un par de calles aminoró la marcha y continuó caminando algo aturdido y con el dolor de cabeza en aumento. Llegando ya a la altura del McDonalds que hace esquina con la calle Montera empezó a sentir náuseas. Sin saber por qué no pudo hacer otra cosa que reunir las fuerzas que le quedaban y salir corriendo de nuevo hasta meterse en la primera boca de metro que encontró. Bajó a toda prisa las escaleras y llegó casi sin respiración al anden de la estación de la línea 2 en Banco de España. El ruido anunció la llegada del suburbano. Ya con absoluta desorientación, extraño en un mundo que no era el suyo, entró en el vagón de metro número cuatro.