Allí estábamos los tres, el matemático, el imbécil y yo. Allí estaba la infranqueable muralla y el ejército enemigo tratando de probar lo contrario. Allí estaban unas botas que me destrozaban los dedos de los pies mientras el imbécil jugaba con un cuchillo y el matemático calculaba lo inevitable de nuestra derrota. Allí estábamos todos y aún así no parecíamos suficientes.
- Si continúan con su ritmo constante de erosión sobre la zona inferior de la muralla, en no más de quince horas ya no tendremos nada que defender. Dijo el matemático.
- No hace falta ser alarmista. La situación se está poniendo difícil, pero no es necesario dramatizar. Dije yo. Es mejor mantener la calma para que el miedo no nuble nuestras mentes.
- No es el miedo lo que mueve mis cálculos, es la ineludible realidad. O hacemos algo para detener este ataque o en quince horas a lo sumo, seremos pasto de los gusanos.
- Yo no quiero ser pazto de los gasunos. Apostilló el imbécil, y con aire distraído volvió a centrase en su cuchillo.
- Mirad, nadie quiere morir aquí, pero se nos ha encomendado una tarea y debemos cumplirla.
- ¿Para qué? Cuestionó el matemático. Detrás de estas murallas no hay nada que valga la pena. Sólo un desierto yermo que se extiende cuatrocientos kilómetros en todas las direcciones. Sería mejor dejarles pasar y que juzguen ellos por sí mismos si les merece la pena...
- Ellos son el enemigo y no pueden ni pasar, ni ver, zanjé. Deja de pensar en opciones imposibles y comienza a pensar en como salir adelante. Hay que hacer que el enemigo desista de su intento.
Dicho esto volvió el silencio, al menos por nuestra parte. Del otro lado de la muralla se acercaba un ronroneo que aumentaba según pasaban las horas. El matemático parecía inquieto, escribiendo cálculos en su cuaderno. El imbécil, aunque mantenía un gesto de duda, continuaba absorto en el dibujo que grababa en el suelo. Yo me apoyé contra la pared tratando de dejar la mente en blanco. El calor comenzaba a hacerse notar a medida que el sol ascendía y el paisaje, como apuntaba el matemático, resultaba desolador. Era fácil rendirse a esa evidencia y abandonar la misión. Por eso me habían puesto a mí al mando. Sabían que yo no era de los que se rendía fácilmente. Sabían que yo no dudaría de las decisiones antes tomadas. Nuestra tarea no era juzgar las bondades de nuestra tierra, nuestra tarea era defenderla de los invasores a cualquier precio.
- Son mil quinientos veintisiete hombres armados, incluyendo a su general. Comentó abruptamente el matemático. Se dividen en dos guarniciones que desgastan nuestras defensas de manera alternativa, de veinte en veinte, ora los de la zona sur, ora los de la zona este. Así, mientras unos actúan los otros reponen fuerzas.
- Sí, dije yo, es un enemigo listo. Eso hará aún más valiosa nuestra victoria.
- No será valiosa, porque no habrá victoria. Si seguimos aquí moriremos, es inevitable.
- Yo no quiero morir. Dijo el imbécil. Yo quiero matar al enamigo. Yo no quiero morir.
- Tranquilos, si hacemos lo que nos han mandado...
- No servirá. Resolvió serio el matemático. Lo he pensado todo y no tenemos opción.
- Siempre hay una salida. Dije yo alzando la voz. Siempre.
- El matemático no pareció alterarse. Ellos son mil quinientos diecisiete, nosotros tres.
- Somos tres, dijo el imbécil haciendo el gesto con la mano. Yo quiero matar al enamigo.
- No tenemos ninguna oportunidad. No tenemos ninguna oportunidad.
El matemático continuaba repitiendo esta frase mientras giraba formando un círculo en la tierra casi perfecto de un metro de diámetro. Los ruidos al otro lado de la muralla se intensificaron hasta convertirse en un lamento hiriente. El imbécil volvió a ausentarse en su dibujo. Lo miré grabando el suelo con la punta de su cuchillo, era una batalla o lo había sido. Había una pila de cuerpos en el suelo y encima de todos ellos un hombre, supongo que él, sujetando en su mano la cabeza cortada del general enemigo. Quizá no era tan tonto después de todo.
- Acercaos por favor. Tengo la solución a nuestro problema.
El matemático y el imbécil se incorporaron y los tres formamos un triángulo equilátero.
- Una serpiente sin cabeza no es una serpiente. Dije tratando de aportar solemnidad a la idea. Y un ejército sin general, no es un ejército.
- ¿Qué quieres decir?
- Un batallón, al igual que la serpiente, necesita de una cabeza pensante que sirva de cohesión a todos sus pasos. Alguien que aliente a las tropas en el fragor de la batalla. Alguien que sirva de referencia cuando se aproxima la hora del combate. Sin esa cabeza, sin ese general, el ejército está perdido.
- ¿Quieres que acabemos con la vida de su general? Dijo el matemático.
- En efecto, eso es lo que haremos. Ahora todo cobra sentido.
Me sequé la frente con la manga de mi uniforme y las ideas comenzaron a cristalizar en mi cerebro.
- No es casualidad que nos hayan mandado aquí a nosotros tres. Un hombre fuerte para llevar a cabo nuestro plan, otro inteligente para desarrollarlo hasta convertirlo en infalible y un tercer hombre de espíritu inquebrantable que haga que nuestra misión siempre siga adelante.
- ¿Pero que estás diciendo? Contestó el matemático agitado. No sé si eres un engreído o un loco. Matar a su general es imposible, porque para hacerlo tendríamos que atravesar toda sus guarniciones de soldados.
- No tolero que se me hable así. Dije elevando la voz. Estás minando la moral de mis tropas y eso no lo voy a consentir.
- ¿Pero de qué tropas me estás hablando? Dijo el matemático enrabietado. Si sólo somos este imbécil y yo. Definitivamente te has vuelto loco. Yo me largo.
Nada más pronunciar estas palabras y mientras su mano se alzaba amenazadora señalando desprecio, una punta metálica asomó por el frente de su estómago, paralizando la escena, privándola de movimiento, haciendo difícil incluso respirar. Un par de segundos después el matemático se derrumbo dejando a su espalda al imbécil aferrado a su cuchillo
- Yo quería matar enamigos. Él quería marcharse. Nadie abondana su puezto.
Repetía sus palabras casi con lágrimas en los ojos buscando aprobación.
- No pasa nada, le dije. Dentro de poco nada de esto importará.
Hubo un gran estruendo. Nos dimos la vuelta y observamos como la muralla cedía a escasos metros de nosotros, dejando entrar las hordas de enemigos tal y como había predicho el matemático. Paralizados por el miedo allí nos quedamos los dos solos. Ya no había muralla, sólo dos imbéciles.