lunes, 5 de marzo de 2012

 Ya con absoluta desorientación, extraño en un mundo que no era el suyo, entró en el vagón de metro número cuatro. Dos ancianas siamesas sentadas a la izquierda de la puerta le miraron fijamente, escrutando su cuerpo sin ningún pudor o disimulo. Un hombre con una guitarra en la mano se le acercó, pidiéndole dinero por alguna canción que él no había escuchado. Había un líquido marrón derramado en el suelo y una lámina de vaho opacaba los cristales. Una mujer de apariencia hindú se levantó dejando un sitio libre junto a las dos hermanas. Él prefirió seguir de pie. El traqueteo del vagón se hizo más intenso acompasándose a los latidos de su sien, formándose uno con el dolor de cabeza que a estas alturas taladraba su cerebro. Era difícil discernir lo verdadero de lo falso en esa situación. Debía salir de ahí, alejarse de toda esa maraña de rostros escrutantes, retornar a un lugar seguro. Sin tiempo para más pensamientos el metro llegó a una nueva estación y él consiguió salir a trompicones respirando una honda bocanada de aire fresco una vez alcanzado el otro lado de la puerta. ¿En verdad el mundo es la cárcel que parece? ¿En verdad no queda otra salida? El andén estaba prácticamente vacío. Un par de enamorados se movían rítmicamente al otro lado de las vías. Las mismas vías que cada vez le parecían más sugerentes, más atractivas. Se quedó absorto mirando las inabarcables paralelas metálicas y sólo volvió la cabeza cuando a lo lejos oyó la venida de un nuevo tren. Sintió que las cosas empezaban a encajar. El tren se acercó un poco más y con la mirada fija en los brillantes faros, la máquina llegó casi hasta donde él se encontraba. Debía ser así. Simple, limpio. Un pequeño movimiento y todo se habría acabado. La sangre comenzó a presionarle la piel, tratando de escapar. La luz del primer vagón le cegó casi por completo. Tan sólo faltaban unos metros para la colisión. Sólo unos metros más...
-     Para, para, para…¿nadie va a decir nada?
-     Carlos, por favor.
-     No, ni Carlos por favor ni nada. Tío, ¿cuántas veces nos vas a contar la misma historia? Joder ya está bien. Sino has escrito nada nuevo, no pasa nada, no lo cuentas y punto.
-     A ver Santiago, sé que no son las maneras, pero Carlos tiene razón, esto es una clase de escritura y no puedes leernos todas las semanas el mismo relato. No pasa nada, cuando escribas algo nuevo, lo lees, y si no has escrito nada una semana, no hay problema.
-     Pero esto que he traído es un texto original. Es la primera vez que lo leo en público.
-     Venga tío, no me jodas.
-     Carlos, por favor, no hace falta ponerse nerviosos. A ver Santiago, esto nos lo leíste la semana pasada y también la anterior y la anterior de la anterior.
-     Perdonadme todos, no sé si esto es algún tipo de broma organizada o similar… esto lo acabo de escribir hace dos días, es imposible que os lo haya leído ya.
-     Que sí que lo has leído joder. Lo que pasa es que estás como una cabra y nosotros tenemos que aguantarlo.
-     Carlos, tranquilo, no pasa nada, leemos otro relato y continuamos la clase.
-     Pero Cristina ¿no le vas a decir nada más? que la próxima semana este tío nos va a volver a leer el mismo rollo otra vez. ¡Coño! que una vez vale, pero es que no sé ni cuántas veces lo ha leído ya.
-     Siento mucho causaros estas molestias a todos, por favor, perdonadme, no era mi intención. Eso sí, quisiera reiterar que esto lo escribí hace dos días y que si leí algo parecido la semana pasada fue de manera inconsciente. No trataba de plagiarme en modo alguno y mucho menos aburriros.
-     Parecido no, idéntico, palabra por palabra.
-     Carlos…
-     No pasa nada Cristina, Carlos lo ha dejado bien claro, y el silencio de los demás supongo que es aprobatorio de su actitud. No me gusta estar donde no se me quiere.
-     Pero Santiago, no hagas caso, quédate a oír el resto de los relatos.
-     Cristina, no soy idiota y no me gusta que me traten de loco. Mejor me marcho. Si me encuentro con ánimos volveré la siguiente semana.
-     Mientras no nos traigas el mismo relato.
-     Carlos, por favor, ya está bien.
Santiago recogió sus cosas en silencio y abandonó la clase sin despedirse. Salió a la calle a paso ligero. Las farolas estaban apagadas en su lado de la acera y la oscuridad sólo la rompían dos locales nocturnos que anunciaban diversión en unos neones de color rosa. Casi a punto de doblar la esquina en un recodo que hacía de callejón encontró un hombre pinchándose entre dos coches, su cara era solo una sombra. Le ignoró. Tenía cosas más importantes en qué pensar. El incidente de la clase seguía dando vueltas en su cabeza y arrastró estos pensamientos hasta la gran vía. El ajetreo debía ser un bálsamo para su cerebro pero no surtió efecto. La gente que se cruzaba con él le resultaba grotesca y el frío en su cara no conseguía estimularle lo suficiente. Un matrimonio elegantemente vestido se paró delante suyo y le habló. Le preguntaron algo pero no consiguió entenderles. Eran extranjeros. Trató de aclarar si buscaban una dirección o localizar algún monumento. Respondieron a sus preguntas con más palabras incomprensibles.
Un suave dolor de cabeza hizo su aparición mientras el matrimonio comenzó por su cuenta una discusión acalorada. Al desconcierto reinante se sumó tambaleándose el drogadicto del callejón que comenzó a increpar a Santiago agarrándole del hombro con una mano, en la otra la jeringuilla con una gota de sangre en la punta. Santiago trató de zafarse pero el hombre le agarró por la solapa demostrando una fuerza inesperada. Asustado y asqueado al mismo tiempo Santiago consiguió retirarle de un empujón que le derrumbó como una hoja marchita. Aturdido por la situación Santiago comenzó a correr en dirección contraria al barullo de gente que empezaba a juntarse a su alrededor. Al cabo de un par de calles aminoró la marcha y continuó caminando algo aturdido y con el dolor de cabeza en aumento. Llegando ya a la altura del McDonalds que hace esquina con la calle Montera empezó a sentir náuseas. Sin saber por qué no pudo hacer otra cosa que reunir las fuerzas que le quedaban y salir corriendo de nuevo hasta meterse en la primera boca de metro que encontró. Bajó a toda prisa las escaleras y llegó casi sin respiración al anden de la estación de la línea 2 en Banco de España. El ruido anunció la llegada del suburbano. Ya con absoluta desorientación, extraño en un mundo que no era el suyo, entró en el vagón de metro número cuatro.

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