Ya con absoluta
desorientación, extraño en un mundo que no era el suyo, entró en el vagón de
metro número cuatro. Dos ancianas siamesas sentadas a la izquierda de la puerta
le miraron fijamente, escrutando su cuerpo sin ningún pudor o disimulo. Un
hombre con una guitarra en la mano se le acercó, pidiéndole dinero por alguna
canción que él no había escuchado. Había un líquido marrón derramado en el
suelo y una lámina de vaho opacaba los cristales. Una mujer de apariencia hindú
se levantó dejando un sitio libre junto a las dos hermanas. Él prefirió seguir
de pie. El traqueteo del vagón se hizo más intenso acompasándose a los latidos
de su sien, formándose uno con el dolor de cabeza que a estas alturas taladraba
su cerebro. Era difícil discernir lo verdadero de lo falso en esa situación.
Debía salir de ahí, alejarse de toda esa maraña de rostros escrutantes,
retornar a un lugar seguro. Sin tiempo para más pensamientos el metro llegó a
una nueva estación y él consiguió salir a trompicones respirando una honda bocanada
de aire fresco una vez alcanzado el otro lado de la puerta. ¿En verdad el mundo
es la cárcel que parece? ¿En verdad no queda otra salida? El andén estaba
prácticamente vacío. Un par de enamorados se movían rítmicamente al otro lado
de las vías. Las mismas vías que cada vez le parecían más sugerentes, más
atractivas. Se quedó absorto mirando las inabarcables paralelas metálicas y
sólo volvió la cabeza cuando a lo lejos oyó la venida de un nuevo tren. Sintió
que las cosas empezaban a encajar. El tren se acercó un poco más y con la
mirada fija en los brillantes faros, la máquina llegó casi hasta donde él se
encontraba. Debía ser así. Simple, limpio. Un pequeño movimiento y todo se
habría acabado. La sangre comenzó a presionarle la piel, tratando de escapar.
La luz del primer vagón le cegó casi por completo. Tan sólo faltaban unos
metros para la colisión. Sólo unos metros más...
-
Para, para, para…¿nadie va a decir nada?
-
Carlos, por favor.
-
No, ni Carlos por favor ni nada. Tío,
¿cuántas veces nos vas a contar la misma historia? Joder ya está bien. Sino has
escrito nada nuevo, no pasa nada, no lo cuentas y punto.
-
A ver Santiago, sé que no son las
maneras, pero Carlos tiene razón, esto es una clase de escritura y no puedes
leernos todas las semanas el mismo relato. No pasa nada, cuando escribas algo
nuevo, lo lees, y si no has escrito nada una semana, no hay problema.
-
Pero esto que he traído es un texto
original. Es la primera vez que lo leo en público.
-
Venga tío, no me jodas.
-
Carlos, por favor, no hace falta ponerse
nerviosos. A ver Santiago, esto nos lo leíste la semana pasada y también la
anterior y la anterior de la anterior.
-
Perdonadme todos, no sé si esto es algún
tipo de broma organizada o similar… esto lo acabo de escribir hace dos días, es
imposible que os lo haya leído ya.
-
Que sí que lo has leído joder. Lo que
pasa es que estás como una cabra y nosotros tenemos que aguantarlo.
-
Carlos, tranquilo, no pasa nada, leemos
otro relato y continuamos la clase.
-
Pero Cristina ¿no le vas a decir nada
más? que la próxima semana este tío nos va a volver a leer el mismo rollo otra
vez. ¡Coño! que una vez vale, pero es que no sé ni cuántas veces lo ha leído
ya.
-
Siento mucho causaros estas molestias a
todos, por favor, perdonadme, no era mi intención. Eso sí, quisiera reiterar
que esto lo escribí hace dos días y que si leí algo parecido la semana pasada
fue de manera inconsciente. No trataba de plagiarme en modo alguno y mucho
menos aburriros.
-
Parecido no, idéntico, palabra por
palabra.
-
Carlos…
-
No pasa nada Cristina, Carlos lo ha
dejado bien claro, y el silencio de los demás supongo que es aprobatorio de su
actitud. No me gusta estar donde no se me quiere.
-
Pero Santiago, no hagas caso, quédate a
oír el resto de los relatos.
-
Cristina, no soy idiota y no me gusta que
me traten de loco. Mejor me marcho. Si me encuentro con ánimos volveré la
siguiente semana.
-
Mientras no nos traigas el mismo relato.
-
Carlos, por favor, ya está bien.
Santiago recogió
sus cosas en silencio y abandonó la clase sin despedirse. Salió a la calle a
paso ligero. Las farolas estaban apagadas en su lado de la acera y la oscuridad
sólo la rompían dos locales nocturnos que anunciaban diversión en unos neones
de color rosa. Casi a punto de doblar la esquina en un recodo que hacía de
callejón encontró un hombre pinchándose entre dos coches, su cara era solo una
sombra. Le ignoró. Tenía cosas más importantes en qué pensar. El incidente de
la clase seguía dando vueltas en su cabeza y arrastró estos pensamientos hasta
la gran vía. El ajetreo debía ser un bálsamo para su cerebro pero no surtió
efecto. La gente que se cruzaba con él le resultaba grotesca y el frío en su
cara no conseguía estimularle lo suficiente. Un matrimonio elegantemente
vestido se paró delante suyo y le habló. Le preguntaron algo pero no consiguió
entenderles. Eran extranjeros. Trató de aclarar si buscaban una dirección o
localizar algún monumento. Respondieron a sus preguntas con más palabras
incomprensibles.
Un suave dolor de
cabeza hizo su aparición mientras el matrimonio comenzó por su cuenta una
discusión acalorada. Al desconcierto reinante se sumó tambaleándose el
drogadicto del callejón que comenzó a increpar a Santiago agarrándole del
hombro con una mano, en la otra la jeringuilla con una gota de sangre en la
punta. Santiago trató de zafarse pero el hombre le agarró por la solapa
demostrando una fuerza inesperada. Asustado y asqueado al mismo tiempo Santiago
consiguió retirarle de un empujón que le derrumbó como una hoja marchita.
Aturdido por la situación Santiago comenzó a correr en dirección contraria al
barullo de gente que empezaba a juntarse a su alrededor. Al cabo de un par de
calles aminoró la marcha y continuó caminando algo aturdido y con el dolor de
cabeza en aumento. Llegando ya a la altura del McDonalds que hace esquina con la
calle Montera empezó a sentir náuseas. Sin saber por qué no pudo hacer otra
cosa que reunir las fuerzas que le quedaban y salir corriendo de nuevo hasta
meterse en la primera boca de metro que encontró. Bajó a toda prisa las
escaleras y llegó casi sin respiración al anden de la estación de la línea 2 en
Banco de España. El ruido anunció la llegada del suburbano. Ya con absoluta
desorientación, extraño en un mundo que no era el suyo, entró en el vagón de
metro número cuatro.
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