El hombre llega a la piscina. La mitad de los fluorescentes están apagados y a través de las ventanas apenas entra la escasa luz de la noche de primeros de Enero. Se mueve seguro, metódico. Comienza a colocar sus cosas pausadamente en el borde de la cuarta calle. Las gafas a su derecha, las chancletas a su izquierda. La llave de la piscina bien sujeta de la muñeca donde también acarrea el peso de un reloj con alarma. Gira la cabeza alrededor y saluda con un gesto al socorrista que apenas levanta la vista de un libro de metodología legal. El hombre contempla la piscina. El agua es principalmente azul, marcada por el negro que señaliza las calles. No se impacienta, ni aparece en su rostro gesto alguno que muestre un sentimiento. Se coloca las gafas y de un poderoso salto penetra en el agua rompiendo su quietud.
Es el frío el que me advierte sin dudarlo de su presencia, me despierta y me atonta al mismo tiempo, no obstante sé que después de quince, de veinte o de cincuenta metros, dejaré mi mente en blanco y sutilmente podré alcanzar la verdadera libertad. Me fundo con lo que me rodea. Lo siento todo, el agua y el cloro, y los pequeños restos microscópicos que han llegado aquí a pesar de los gorros y las corcheras. Puedo sentir la resistencia del líquido y las pequeñas ondas que formo cada vez que pataleo y que vuelven a buscarme recordándome que estoy solo en este mundo, sólo en esta pequeña inmensidad. Sí. Lo puedo sentir. Lo siento. Siento todo. Siento todo y a la vez no siento nada.
Sí, él nada, y tú desearías hacer lo mismo, porque la noche no espera por nadie y si no te lanzas tú, lo hará otro menda más listo. Y tú te quedarás ahí sentado con tu cara de bobo leyendo las putas oposiciones que hace ya tiempo sabes que no vas a aprobar ¿porque? Porque no te da, por eso. De donde no hay no se puede sacar. Estás hasta los huevos. Te gustaría lanzarte a ti también a la piscina y abrazarte a ese tío con el que llevas soñando desde que empezaste a currar. Quieres lamerle todo el cuerpo y follártelo bien. Mira como se mueve, con esos hombros, y ese culo y ese juego de piernas que te vuelve loco. No aguantas más. Te levantas y lanzas tu libro a la mierda para marcar tu territorio. Al fin y al cabo, en esta piscina el que mandas eres tú, no hay nadie más, ni jefes, ni ostias, sólo tú, como amo y señor. Sientes como te aprieta más y más el pantalón, aceleras el paso y ya casi estás a punto de encontrarte con él en un extremo. Casi puedes tocar su cabeza con tu mano. Casi puedes liberar todo esa presión que no te deja pensar. Casi puedes, casi quieres, casi, casi… casi no es suficiente y tú lo sabes bien. No es lo mismo lograrlo que casi lograrlo. Cuando estás apunto de llegar resbalas y te golpeas la cabeza con el suelo de la piscina. Luego caes al agua y ahí te quedas, boca abajo, inconsciente y con una erección que ya la quisieran muchos.
Empiezo a notar el cansancio, la tensión en mis músculos, la rigidez en mis tendones. Empiezo a sentir la dificultad de continuar dando brazadas, cortando el agua con estos remos de carne y hueso. Seguiré avanzando sin descando hasta que no pueda aguantar más el dolor y mi cuerpo grite basta. No tengo otro remedio, ni tampoco lo busco. Disfruto llevando mi ser hasta el extremo físico y mental. Disfruto de este juego. Ya casi no puedo más, casi no tengo respuesta para estos pinchazos, casi no quiero seguir, casi no puedo, casi no quiero, casi, casi… casi no es suficiente y yo sé que debo llegar hasta el final. Estoy a punto de concluir pero hay algo que no es correcto. Hay algo en el agua que no debería estar ahí. Parece un cuerpo. Inerte. Rodeado de un halo rojizo. Me acercó y le observo desde una distancia prudente. Es el socorrista. Me entran dudas sobre cómo proceder. Puede que haya sufrido un accidente, un desagradable percance. Quizá se ha acercado a la piscina para advertirme de algún peligro y ha resbalado, golpeándose y quedando inconsciente. Es difícil saberlo. Puede también que en el fondo nada sea fruto de la casualidad y que lo que buscara el socorrista fuera esto. Desaparecer, sentirse libre como hago yo cada vez que cumplo mi ritual natatorio, sólo que a un nivel superior, más elevado, más puro. La libertad absoluta. ¿Quién soy yo para negarle eso a nadie? ¿Quién soy yo para decidir lo que es suerte y lo que es destino? ¿Quién soy yo?
El hombre sale de la piscina despacio. Se quita las gafas con ambas manos y después retira el gorro que protege su pelo. Estira los brazos y flexiona la columna cuatro veces. Se calza las chanclas, derecha e izquierda y sin volver la vista se dirige a los vestuarios con paso tranquilo. Todo permanece quieto en la piscina, incluído el cuerpo que flota junto a la cuarta calle. El vaho empaña los cristales que dan al exterior. Es Enero y hace frío. Otro fluorescente deja de brillar. El silencio es casi total.
domingo, 22 de enero de 2012
miércoles, 11 de enero de 2012
El segundo tren más largo del mundo
Honrados con aquel encargo, los ingenieros se pusieron manos a la obra. El diseño del trazado ocupó buena parte de la primera década. Cientos de hombres se afanaron en la fabricación de prototipos, planos y borradores repletos de fórmulas matemáticas y complejos algoritmos. El modelado de las vías y su trazado, así como la construcción de los vagones constituyó veinte años más de trabajo, intenso pero gratificante. Los nuevos rieles capaces de soportar aquella maravilla de la era moderna debían ser cuidadosamente elegidos. Bosques enteros de pinos, hayas y robles fueron talados para construir las traviesas de aquel gigante de vapor. Miles de trabajadores dedicaron sus vidas a terminar la locomotora que encendiera la llama de tan fastuosa obra, fundiendo el metal, moldeando cada tornillo, cada junta, cada llave. Los más preciados materiales fueron traídos de todos los rincones del mundo para decorar el interior de aquella deslumbrante serpiente metálica. Telas de la china, nácar del Bósforo, ébano del Brasil, perlas de los archipiélagos pacíficos e incluso pieles de búfalo americano casi en extinción. No se reparó en gastos. Fue el esfuerzo colectivo más grande que aquel pueblo orgulloso había realizado jamás.
Cuarenta años de trabajo después y a punto de terminar la tarea, los ingenieros comprendieron la triste realidad. Las dimensiones de la máquina eran tan extraordinarias que un pasajero necesitaría toda una vida para trasladarse de un vagón a otro haciendo que el mero hecho de ocupar sus asientos desde la estación fuera un ineludible éxodo ferroviario. Tras unos segundos de inevitable desazón, los ingenieros retornaron a su habitual temperamento. Casi sin aliento, pero con la determinación de acabar el trabajo comenzaron el diseño de un segundo tren también de enorme precisión y belleza, pero cuyo recorrido transcurriría por el interior del primero, surcando vagones y ventanas y pasillos y asientos, conectando las entrañas del fabuloso monstruo de vapor.
Conversaciones de cama
- ¿Hemos sido felices juntos, verdad? preguntó el tornillo a la tuerca.
- Sí. Contestó ella sin dudar
- ¿ Y no te arrepientes de nada? Preguntó él.
Hubo un breve silencio. Entonces la tuerca respondió.
- Hace tiempo, cuando tuvimos aquellos problemas, no sé como pasó, pero me enamoré del clavo. Ahora desde el recuerdo, no puedo evitar preguntarme que hubiera pasado ¿Te molesta que te diga esto?
- No, dijo el tornillo, porque hace tiempo yo también estuve enamorado del clavo. ¿Y quién no lo ha estado?
Dicho esto nadie añadió nada más, apagaron la luz y tuerca y tornillo durmieron como hacía tiempo que no dormían.
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