En la parte de
atrás de una cafetería de un barrio de la periferia, dos hombres comparten mesa
y conversación. Uno, calma sus nervios con un whisky con hielo. El otro,
metódicamente da pequeños sorbos a su café expresso, sólo y sin azúcar.
- Se´que no debería meterte en esto, pero es que no sabía qué hacer.
- No hace falta alterarse, Vamos a repasar los hechos cuidadosamente y
así podremos analizar mejor tus opciones.
- Gracias de verdad por venir tan rápido.
- Tranquilo. Vamos a ver, tú llegaste a la casa a las cuatro y
veinticinco.
- Más o menos.
- Bueno, cuatro y veinticinco aproximadamente. Es decir, hace treinta
minutos, de nuevo aproximadamente. No obstante, y como tu bien apostillas, esa
no era la casa que tenías que visitar.
- No, eso es lo bueno, por eso es el golpe perfecto. Nadie puede saber
que yo estaba allí ¿No?
- Esa es una conclusión precipitada y errónea. Piensa un poco, por lo
menos hay cuatro personas que saben que tú estabas allí.
- ¿quién?
- Bueno, para empezar la persona de tu empresa que te dio el trabajo,
suponiendo que sólo una persona estuviera al cargo de asignar las salidas.
- Sí, eso sí pero...
- También la persona que te abrió la puerta del portal. Asumo que te
identificaste como el encargado de reparar la línea para poder acceder al
edificio.
- Sí, lo hice.
- Ya van dos. También yo sé, ahora que me lo has contado, que estabas en
el edificio en el momento del robo.
- Ya, pero tú...
- Y, aunque parezca redundante, por supuesto tú sabes que estabas allí.
En caso de interrogatorio podrías doblarte como una hoja y confesar tu
presencia en el inmueble irremediablemente.
- Bueno, sí, cuatro perso..
- Eso sin contar cualquier persona ajena a ti, desconocido que en caso de
elaborarse un retrato robot pudiera identificarte en una rueda de reconocimiento.
Como ves, demasiados cabos sueltos en ese punto.
- Joder, tienes razón, estoy jodido, estoy jodido.
- De nuevo, amigo mío, no adelantemos conclusiones.
Ambos hombres paran de hablar y dan sendos tragos a sus bebidas. Uno
mira cabizbajo alguna solución dentro de su vaso, el otro, el de la taza de
café continúa la conversación.
- Como tú bien has señalado inicialmente la casa de la que sustrajiste el
collar no era la casa que tenías que visitar ¿Correcto?
- Sí, eso sí. Este era el primero B y yo tenía que arreglar la línea en
el tercero C.
- Eso juega a tu favor de manera extraordinaria. No hay nada que vaya a
desafiar más la lógica deductiva del futuro detective del caso, que el hecho de
que tú llegaras a esa casa por azar. No hay planificación, no hay...
- Sí, sí, eso es lo que quería decir, joder. Yo no tenía que estar allí.
Fue de chiripa que pasé por la casa.
- Y esta casualidad, como digo, juega a tu favor. Es difícil pensar que
tu planearas matar a la anciana para robarle. Demasiado rebuscado, ya que tú no
controlas a quien asignan a cada reparación.
- No, yo no tengo ni idea, sólo te avisan y ya está. Joder, joder...
- Aunque, por otro lado, podrías tener algún modo de controlar eso, del
mismo modo que un experto como tú, podría haber estropeado la línea telefónica
del 3ºC a propósito y esperar la oportuna llamada a tú compañía y así tener una
buena coartada para acercarte por allí.
- Joder, eso es mucho planificar.
- En efecto, y cualquiera que sea el detective que asignen al caso
descartará esta hipótesis de trabajo al poco de hablar contigo.
- Oye ¿Qué quieres decir que no soy lo suficientemente listo para prepara
algo así?
- No, la inteligencia la tienes, el plan es rebuscado, pero no tanto. Lo
que te falta es motivación. El collar que has robado ¿cuánto puede valer, dos
mil euros, cinco mil euros?
- No lo sé, supongo.
- No es mucho dinero para una persona como tú.
- Hombre...
- No me interpretes mal. Ya sé que no eres millonario pero no ganas mal.
- Joder, entonces qué hago. ¿Estoy jodido o no?
- Bueno, no creo que la policía pueda llegar a relacionarte con el collar
a pesar de los cabos sueltos que inevitablemente has dejado por el camino.
- Menos mal, me quitas un peso de encima.
Dicho esto el hombre resopla y de un trago termina lo que le queda de
whisky. Hace un gesto a la camarera para que le sirva otro igual.
- ¿Tú quieres otro café o algo más fuerte? Invito yo, que ahora tengo
pasta de sobra.
- No, estoy bien gracias.
Esperan en silencio a que la camarera llegue con la bebida. Permanecen
así unos momentos.
- No te veo preocupado.
- ¿por qué iba a estarlo, has dicho que no pueden pillarme?
- Yo sólo he dicho que estás a salvo de la policía, nada más.
- No, por favor, no empieces otra vez. Si no es la policía quién va a
venir a joderme.
- El asesino, por ejemplo.
- ¿Crees que el asesino me vio? ¿Es eso posible?
- Posible es casi todo en esta vida. Ahora bien, ¿probable?
Lamentablemente es bastante probable. Ten en cuenta que cuando llegaste la
puerta estaba abierta, la señora yacía en el suelo en un charco creciente de
sangre y el collar, tal y como tú has descrito, estaba encima del sofá junto a
una caja desvencijada. Yo diría que el asesino acababa de matar a la señora,
había encontrado la caja, la había abierto y justo en ese momento entraste tú
en escena. El asesino al verte, se asustó por lo inesperado de tu aparición y
se escondió sin tiempo para guardarse el botín.
- Pero tú dijiste que el collar no era motivo suficiente para matar a la
anciana.
- No era motivo suficiente para ti. No sabemos el nivel económico del
asesino, aunque podemos asumir que al igual que su nivel de honestidad es bajo,
si todo lo que necesitaba para matar a alguien eran 2000 euros.
- Pero el asesino no sabe quien soy, ni donde vivo, ni nada de nada.
- Podría saber donde trabajas por el uniforme que llevas. Y a partir de
ahí desenredar la madeja hasta llegar a tu casa, tu familia y tú mismo.
- No, no. Como hoy hacía mucho calor no llevaba puesta la chaqueta con el
logotipo, la tenía dentro de la bolsa.
- Entonces eso queda descartado. Claro que también podía haberte seguido
hasta este café en el que nos encontramos.
El hombre del whisky tiene que contenerse para no atragantarse con la
bebida. El otro señala con el dedo sutilmente hacia un taburete cerca de la
barra ocupado por un hombre de mediana edad con una cicatriz cerca de la oreja
izquierda.
- Ese hombre de la cicatriz entró más o menos un minuto después de ti y
lleva sentado ahí, observándonos desde que se ha sentado. Puede que no quiera
nada, puede que sólo se aburra, pero bien podría ser el asesino que te ha
seguido hasta aquí esperando en un momento dado recuperar su collar.
- No puede ser, joder. Yo ni siquiera quería este collar. No sé por qué
me lo he llevado. ¿por qué?
- Es normal, un acto reflejo. Apelaste a tus primitivos instintos, ya que
tenías la razón nublada por la presencia del inesperado cadáver de la anciana
en el suelo. Le puede pasar a cualquiera.
- Sí, pero me ha pasado a mí. Yo no quiero morir ¿Qué vamos a hacer,
joder? ¿Qué voy a hacer?
- Lo sabremos dentro de nada, porque el hombre viene hacia aquí.
Lentamente el hombre de la cicatriz se aproxima hasta donde están
sentados. Lleva un cigarrillo apagado en una mano. La otra la esconde dentro
del bolsillo de su chaqueta. Se frena justo antes de chocarse con el borde de
la mesa. No llega a decir nada, el hombre del whisky, se adelanta a cualquier
posible movimiento.
- Toma el collar. Márchate. No quiero saber nada. Por favor. Tómalo y
vete.
El hombre de la cicatriz se queda paralizado. Mira a la persona que
acaba de dejar el objeto encima de la mesa. Luego se gira escrutando al otro,
que sin demasiados aspavientos mantiene una mirada serena. Sin mediar palabra
agarra el collar y sale del local andando a paso ligero. La tensión se relaja
en la mesa donde están sentados los dos.
- ¿Te encuentras mejor ahora?
- Mucho mejor, joder, este collar me estaba matando. Voy a pedirme otro
whisky, pero esta vez pienso disfrutarlo. ¿Tú quieres algo?
- Creo que ahora si que me tomaré un whisky.
Avisan a la camarera que les trae sendas bebidas. Se mantienen
ensimismados saboreando el destilado que tienen entre manos. Se abstienen de
comentar nada unos instantes. Luego se rompe el hielo.
- ¿Sabes que el tipo de la cicatriz podía ser sólo alguien que quisiera
un cigarrillo? Que fuera el asesino no era más que una conjetura de poco peso.
- Lo sé. Tú disfruta del whisky y vamos a olvidarnos de ese maldito
collar.
En la parte de atrás de una cafetería de la periferia dos hombres
sentados en una mesa del fondo brindan por una tarde tranquila.