martes, 10 de abril de 2012

El caso del collar del 1ºB

 En la parte de atrás de una cafetería de un barrio de la periferia, dos hombres comparten mesa y conversación. Uno, calma sus nervios con un whisky con hielo. El otro, metódicamente da pequeños sorbos a su café expresso, sólo y sin azúcar.
-       Se´que no debería meterte en esto, pero es que no sabía qué hacer.
-       No hace falta alterarse, Vamos a repasar los hechos cuidadosamente y así podremos analizar mejor tus opciones.
-       Gracias de verdad por venir tan rápido.
-       Tranquilo. Vamos a ver, tú llegaste a la casa a las cuatro y veinticinco.
-       Más o menos.
-       Bueno, cuatro y veinticinco aproximadamente. Es decir, hace treinta minutos, de nuevo aproximadamente. No obstante, y como tu bien apostillas, esa no era la casa que tenías que visitar.
-       No, eso es lo bueno, por eso es el golpe perfecto. Nadie puede saber que yo estaba allí ¿No?
-       Esa es una conclusión precipitada y errónea. Piensa un poco, por lo menos hay cuatro personas que saben que tú estabas allí.
-       ¿quién?
-       Bueno, para empezar la persona de tu empresa que te dio el trabajo, suponiendo que sólo una persona estuviera al cargo de asignar las salidas.
-       Sí, eso sí pero...
-       También la persona que te abrió la puerta del portal. Asumo que te identificaste como el encargado de reparar la línea para poder acceder al edificio.
-       Sí, lo hice.
-       Ya van dos. También yo sé, ahora que me lo has contado, que estabas en el edificio en el momento del robo.
-       Ya, pero tú...
-       Y, aunque parezca redundante, por supuesto tú sabes que estabas allí. En caso de interrogatorio podrías doblarte como una hoja y confesar tu presencia en el inmueble irremediablemente.
-       Bueno, sí, cuatro perso..
-       Eso sin contar cualquier persona ajena a ti, desconocido que en caso de elaborarse un retrato robot pudiera identificarte en una rueda de reconocimiento. Como ves, demasiados cabos sueltos en ese punto.
-       Joder, tienes razón, estoy jodido, estoy jodido.
-       De nuevo, amigo mío, no adelantemos conclusiones.
Ambos hombres paran de hablar y dan sendos tragos a sus bebidas. Uno mira cabizbajo alguna solución dentro de su vaso, el otro, el de la taza de café continúa la conversación.
-       Como tú bien has señalado inicialmente la casa de la que sustrajiste el collar no era la casa que tenías que visitar ¿Correcto?
-       Sí, eso sí. Este era el primero B y yo tenía que arreglar la línea en el tercero C.
-       Eso juega a tu favor de manera extraordinaria. No hay nada que vaya a desafiar más la lógica deductiva del futuro detective del caso, que el hecho de que tú llegaras a esa casa por azar. No hay planificación, no hay...
-       Sí, sí, eso es lo que quería decir, joder. Yo no tenía que estar allí. Fue de chiripa que pasé por la casa.
-       Y esta casualidad, como digo, juega a tu favor. Es difícil pensar que tu planearas matar a la anciana para robarle. Demasiado rebuscado, ya que tú no controlas a quien asignan a cada reparación.
-       No, yo no tengo ni idea, sólo te avisan y ya está. Joder, joder...
-       Aunque, por otro lado, podrías tener algún modo de controlar eso, del mismo modo que un experto como tú, podría haber estropeado la línea telefónica del 3ºC a propósito y esperar la oportuna llamada a tú compañía y así tener una buena coartada para acercarte por allí.
-       Joder, eso es mucho planificar.
-       En efecto, y cualquiera que sea el detective que asignen al caso descartará esta hipótesis de trabajo al poco de hablar contigo.
-       Oye ¿Qué quieres decir que no soy lo suficientemente listo para prepara algo así?
-       No, la inteligencia la tienes, el plan es rebuscado, pero no tanto. Lo que te falta es motivación. El collar que has robado ¿cuánto puede valer, dos mil euros, cinco mil euros?
-       No lo sé, supongo.
-       No es mucho dinero para una persona como tú.
-       Hombre...
-       No me interpretes mal. Ya sé que no eres millonario pero no ganas mal.
-       Joder, entonces qué hago. ¿Estoy jodido o no?
-       Bueno, no creo que la policía pueda llegar a relacionarte con el collar a pesar de los cabos sueltos que inevitablemente has dejado por el camino.
-       Menos mal, me quitas un peso de encima.
Dicho esto el hombre resopla y de un trago termina lo que le queda de whisky. Hace un gesto a la camarera para que le sirva otro igual.
-       ¿Tú quieres otro café o algo más fuerte? Invito yo, que ahora tengo pasta de sobra.
-       No, estoy bien gracias.
Esperan en silencio a que la camarera llegue con la bebida. Permanecen así unos momentos.
-       No te veo preocupado.
-       ¿por qué iba a estarlo, has dicho que no pueden pillarme?
-       Yo sólo he dicho que estás a salvo de la policía, nada más.
-       No, por favor, no empieces otra vez. Si no es la policía quién va a venir a joderme.
-       El asesino, por ejemplo.
-       ¿Crees que el asesino me vio? ¿Es eso posible?
-       Posible es casi todo en esta vida. Ahora bien, ¿probable? Lamentablemente es bastante probable. Ten en cuenta que cuando llegaste la puerta estaba abierta, la señora yacía en el suelo en un charco creciente de sangre y el collar, tal y como tú has descrito, estaba encima del sofá junto a una caja desvencijada. Yo diría que el asesino acababa de matar a la señora, había encontrado la caja, la había abierto y justo en ese momento entraste tú en escena. El asesino al verte, se asustó por lo inesperado de tu aparición y se escondió sin tiempo para guardarse el botín.
-       Pero tú dijiste que el collar no era motivo suficiente para matar a la anciana.
-       No era motivo suficiente para ti. No sabemos el nivel económico del asesino, aunque podemos asumir que al igual que su nivel de honestidad es bajo, si todo lo que necesitaba para matar a alguien eran 2000 euros.
-       Pero el asesino no sabe quien soy, ni donde vivo, ni nada de nada.
-       Podría saber donde trabajas por el uniforme que llevas. Y a partir de ahí desenredar la madeja hasta llegar a tu casa, tu familia y tú mismo.
-       No, no. Como hoy hacía mucho calor no llevaba puesta la chaqueta con el logotipo, la tenía dentro de la bolsa.
-       Entonces eso queda descartado. Claro que también podía haberte seguido hasta este café en el que nos encontramos.
El hombre del whisky tiene que contenerse para no atragantarse con la bebida. El otro señala con el dedo sutilmente hacia un taburete cerca de la barra ocupado por un hombre de mediana edad con una cicatriz cerca de la oreja izquierda.
-       Ese hombre de la cicatriz entró más o menos un minuto después de ti y lleva sentado ahí, observándonos desde que se ha sentado. Puede que no quiera nada, puede que sólo se aburra, pero bien podría ser el asesino que te ha seguido hasta aquí esperando en un momento dado recuperar su collar.
-       No puede ser, joder. Yo ni siquiera quería este collar. No sé por qué me lo he llevado. ¿por qué?
-       Es normal, un acto reflejo. Apelaste a tus primitivos instintos, ya que tenías la razón nublada por la presencia del inesperado cadáver de la anciana en el suelo. Le puede pasar a cualquiera.
-       Sí, pero me ha pasado a mí. Yo no quiero morir ¿Qué vamos a hacer, joder? ¿Qué voy a hacer?
-       Lo sabremos dentro de nada, porque el hombre viene hacia aquí.
Lentamente el hombre de la cicatriz se aproxima hasta donde están sentados. Lleva un cigarrillo apagado en una mano. La otra la esconde dentro del bolsillo de su chaqueta. Se frena justo antes de chocarse con el borde de la mesa. No llega a decir nada, el hombre del whisky, se adelanta a cualquier posible movimiento.
-       Toma el collar. Márchate. No quiero saber nada. Por favor. Tómalo y vete.
El hombre de la cicatriz se queda paralizado. Mira a la persona que acaba de dejar el objeto encima de la mesa. Luego se gira escrutando al otro, que sin demasiados aspavientos mantiene una mirada serena. Sin mediar palabra agarra el collar y sale del local andando a paso ligero. La tensión se relaja en la mesa donde están sentados los dos.
-       ¿Te encuentras mejor ahora?
-       Mucho mejor, joder, este collar me estaba matando. Voy a pedirme otro whisky, pero esta vez pienso disfrutarlo. ¿Tú quieres algo?
-       Creo que ahora si que me tomaré un whisky.
Avisan a la camarera que les trae sendas bebidas. Se mantienen ensimismados saboreando el destilado que tienen entre manos. Se abstienen de comentar nada unos instantes. Luego se rompe el hielo.
-       ¿Sabes que el tipo de la cicatriz podía ser sólo alguien que quisiera un cigarrillo? Que fuera el asesino no era más que una conjetura de poco peso.
-       Lo sé. Tú disfruta del whisky y vamos a olvidarnos de ese maldito collar.
En la parte de atrás de una cafetería de la periferia dos hombres sentados en una mesa del fondo brindan por una tarde tranquila.

jueves, 15 de marzo de 2012

Encrucijada

 Allí estábamos los tres, el matemático, el imbécil y yo. Allí estaba la infranqueable muralla y el ejército enemigo tratando de probar lo contrario. Allí estaban unas botas que me destrozaban los dedos de los pies mientras el imbécil jugaba con un cuchillo y el matemático calculaba lo inevitable de nuestra derrota. Allí estábamos todos y aún así no parecíamos suficientes.

-      Si continúan con su ritmo constante de erosión sobre la zona inferior de la muralla, en no más de quince horas ya no tendremos nada que defender. Dijo el matemático.
-      No hace falta ser alarmista. La situación se está poniendo difícil, pero no es necesario dramatizar. Dije yo. Es mejor mantener la calma para que el miedo no nuble nuestras mentes.
-      No es el miedo lo que mueve mis cálculos, es la ineludible realidad. O hacemos algo para detener este ataque o en quince horas a lo sumo, seremos pasto de los gusanos.
-      Yo no quiero ser pazto de los gasunos. Apostilló el imbécil, y con aire distraído volvió a centrase en su cuchillo.
-      Mirad, nadie quiere morir aquí, pero se nos ha encomendado una tarea y debemos cumplirla.
-      ¿Para qué? Cuestionó el matemático. Detrás de estas murallas no hay nada que valga la pena. Sólo un desierto yermo que se extiende cuatrocientos kilómetros en todas las direcciones. Sería mejor dejarles pasar y que juzguen ellos por sí mismos si les merece la pena...
-      Ellos son el enemigo y no pueden ni pasar, ni ver, zanjé. Deja de pensar en opciones imposibles y comienza a pensar en como salir adelante. Hay que hacer que el enemigo desista de su intento.

Dicho esto volvió el silencio, al menos por nuestra parte. Del otro lado de la muralla se acercaba un ronroneo que aumentaba según pasaban las horas. El matemático parecía inquieto, escribiendo cálculos en su cuaderno. El imbécil, aunque mantenía un gesto de duda, continuaba absorto en el dibujo que grababa en el suelo. Yo me apoyé contra la pared tratando de dejar la mente en blanco. El calor comenzaba a hacerse notar a medida que el sol ascendía y el paisaje, como apuntaba el matemático, resultaba desolador. Era fácil rendirse a esa evidencia y abandonar la misión. Por eso me habían puesto a mí al mando. Sabían que yo no era de los que se rendía fácilmente. Sabían que yo no dudaría de las decisiones antes tomadas. Nuestra tarea no era juzgar las bondades de nuestra tierra, nuestra tarea era defenderla de los invasores a cualquier precio.

-      Son mil quinientos veintisiete hombres armados, incluyendo a su general. Comentó abruptamente el matemático. Se dividen en dos guarniciones que desgastan nuestras defensas de manera alternativa, de veinte en veinte, ora los de la zona sur, ora los de la zona este. Así, mientras unos actúan los otros reponen fuerzas.
-      Sí, dije yo, es un enemigo listo. Eso hará aún más valiosa nuestra victoria.
-      No será valiosa, porque no habrá victoria. Si seguimos aquí moriremos, es inevitable.
-      Yo no quiero morir. Dijo el imbécil. Yo quiero matar al enamigo. Yo no quiero morir.
-      Tranquilos, si hacemos lo que nos han mandado...
-      No servirá. Resolvió serio el matemático. Lo he pensado todo y no tenemos opción.
-      Siempre hay una salida. Dije yo alzando la voz. Siempre.
-      El matemático no pareció alterarse. Ellos son mil quinientos diecisiete, nosotros tres.
-      Somos tres, dijo el imbécil haciendo el gesto con la mano. Yo quiero matar al enamigo.
-      No tenemos ninguna oportunidad. No tenemos ninguna oportunidad.

El matemático continuaba repitiendo esta frase mientras giraba formando un círculo en la tierra casi perfecto de un metro de diámetro. Los ruidos al otro lado de la muralla se intensificaron hasta convertirse en un lamento hiriente. El imbécil volvió a ausentarse en su dibujo. Lo miré grabando el suelo con la punta de su cuchillo, era una batalla o lo había sido. Había una pila de cuerpos en el suelo y encima de todos ellos un hombre, supongo que él, sujetando en su mano la cabeza cortada del general enemigo. Quizá no era tan tonto después de todo.

-      Acercaos por favor. Tengo la solución a nuestro problema.

El matemático y el imbécil se incorporaron y los tres formamos un triángulo equilátero.

-      Una serpiente sin cabeza no es una serpiente. Dije tratando de aportar solemnidad a la idea. Y un ejército sin general, no es un ejército.
-      ¿Qué quieres decir?
-      Un batallón, al igual que la serpiente, necesita de una cabeza pensante que sirva de cohesión a todos sus pasos. Alguien que aliente a las tropas en el fragor de la batalla. Alguien que sirva de referencia cuando se aproxima la hora del combate. Sin esa cabeza, sin ese general, el ejército está perdido.
-      ¿Quieres que acabemos con la vida de su general? Dijo el matemático.
-      En efecto, eso es lo que haremos. Ahora todo cobra sentido.

Me sequé la frente con la manga de mi uniforme y las ideas comenzaron a cristalizar en mi cerebro.

-      No es casualidad que nos hayan mandado aquí a nosotros tres. Un hombre fuerte para llevar a cabo nuestro plan, otro inteligente para desarrollarlo hasta convertirlo en infalible y un tercer hombre de espíritu inquebrantable que haga que nuestra misión siempre siga adelante.
-      ¿Pero que estás diciendo? Contestó el matemático agitado. No sé si eres un engreído o un loco. Matar a su general es imposible, porque para hacerlo tendríamos que atravesar toda sus guarniciones de soldados.
-      No tolero que se me hable así. Dije elevando la voz. Estás minando la moral de mis tropas y eso no lo voy a consentir.
-      ¿Pero de qué tropas me estás hablando? Dijo el matemático enrabietado. Si sólo somos este imbécil y yo. Definitivamente te has vuelto loco. Yo me largo.

Nada más pronunciar estas palabras y mientras su mano se alzaba amenazadora señalando desprecio, una punta metálica asomó por el frente de su estómago, paralizando la escena, privándola de movimiento, haciendo difícil incluso respirar. Un par de segundos después el matemático se derrumbo dejando a su espalda al imbécil aferrado a su cuchillo

-      Yo quería matar enamigos. Él quería marcharse. Nadie abondana su puezto.

Repetía sus palabras casi con lágrimas en los ojos buscando aprobación.

-      No pasa nada, le dije. Dentro de poco nada de esto importará.

Hubo un gran estruendo. Nos dimos la vuelta y observamos como la muralla cedía a escasos metros de nosotros, dejando entrar las hordas de enemigos tal y como había predicho el matemático. Paralizados por el miedo allí nos quedamos los dos solos. Ya no había muralla, sólo dos imbéciles.



lunes, 5 de marzo de 2012

 Ya con absoluta desorientación, extraño en un mundo que no era el suyo, entró en el vagón de metro número cuatro. Dos ancianas siamesas sentadas a la izquierda de la puerta le miraron fijamente, escrutando su cuerpo sin ningún pudor o disimulo. Un hombre con una guitarra en la mano se le acercó, pidiéndole dinero por alguna canción que él no había escuchado. Había un líquido marrón derramado en el suelo y una lámina de vaho opacaba los cristales. Una mujer de apariencia hindú se levantó dejando un sitio libre junto a las dos hermanas. Él prefirió seguir de pie. El traqueteo del vagón se hizo más intenso acompasándose a los latidos de su sien, formándose uno con el dolor de cabeza que a estas alturas taladraba su cerebro. Era difícil discernir lo verdadero de lo falso en esa situación. Debía salir de ahí, alejarse de toda esa maraña de rostros escrutantes, retornar a un lugar seguro. Sin tiempo para más pensamientos el metro llegó a una nueva estación y él consiguió salir a trompicones respirando una honda bocanada de aire fresco una vez alcanzado el otro lado de la puerta. ¿En verdad el mundo es la cárcel que parece? ¿En verdad no queda otra salida? El andén estaba prácticamente vacío. Un par de enamorados se movían rítmicamente al otro lado de las vías. Las mismas vías que cada vez le parecían más sugerentes, más atractivas. Se quedó absorto mirando las inabarcables paralelas metálicas y sólo volvió la cabeza cuando a lo lejos oyó la venida de un nuevo tren. Sintió que las cosas empezaban a encajar. El tren se acercó un poco más y con la mirada fija en los brillantes faros, la máquina llegó casi hasta donde él se encontraba. Debía ser así. Simple, limpio. Un pequeño movimiento y todo se habría acabado. La sangre comenzó a presionarle la piel, tratando de escapar. La luz del primer vagón le cegó casi por completo. Tan sólo faltaban unos metros para la colisión. Sólo unos metros más...
-     Para, para, para…¿nadie va a decir nada?
-     Carlos, por favor.
-     No, ni Carlos por favor ni nada. Tío, ¿cuántas veces nos vas a contar la misma historia? Joder ya está bien. Sino has escrito nada nuevo, no pasa nada, no lo cuentas y punto.
-     A ver Santiago, sé que no son las maneras, pero Carlos tiene razón, esto es una clase de escritura y no puedes leernos todas las semanas el mismo relato. No pasa nada, cuando escribas algo nuevo, lo lees, y si no has escrito nada una semana, no hay problema.
-     Pero esto que he traído es un texto original. Es la primera vez que lo leo en público.
-     Venga tío, no me jodas.
-     Carlos, por favor, no hace falta ponerse nerviosos. A ver Santiago, esto nos lo leíste la semana pasada y también la anterior y la anterior de la anterior.
-     Perdonadme todos, no sé si esto es algún tipo de broma organizada o similar… esto lo acabo de escribir hace dos días, es imposible que os lo haya leído ya.
-     Que sí que lo has leído joder. Lo que pasa es que estás como una cabra y nosotros tenemos que aguantarlo.
-     Carlos, tranquilo, no pasa nada, leemos otro relato y continuamos la clase.
-     Pero Cristina ¿no le vas a decir nada más? que la próxima semana este tío nos va a volver a leer el mismo rollo otra vez. ¡Coño! que una vez vale, pero es que no sé ni cuántas veces lo ha leído ya.
-     Siento mucho causaros estas molestias a todos, por favor, perdonadme, no era mi intención. Eso sí, quisiera reiterar que esto lo escribí hace dos días y que si leí algo parecido la semana pasada fue de manera inconsciente. No trataba de plagiarme en modo alguno y mucho menos aburriros.
-     Parecido no, idéntico, palabra por palabra.
-     Carlos…
-     No pasa nada Cristina, Carlos lo ha dejado bien claro, y el silencio de los demás supongo que es aprobatorio de su actitud. No me gusta estar donde no se me quiere.
-     Pero Santiago, no hagas caso, quédate a oír el resto de los relatos.
-     Cristina, no soy idiota y no me gusta que me traten de loco. Mejor me marcho. Si me encuentro con ánimos volveré la siguiente semana.
-     Mientras no nos traigas el mismo relato.
-     Carlos, por favor, ya está bien.
Santiago recogió sus cosas en silencio y abandonó la clase sin despedirse. Salió a la calle a paso ligero. Las farolas estaban apagadas en su lado de la acera y la oscuridad sólo la rompían dos locales nocturnos que anunciaban diversión en unos neones de color rosa. Casi a punto de doblar la esquina en un recodo que hacía de callejón encontró un hombre pinchándose entre dos coches, su cara era solo una sombra. Le ignoró. Tenía cosas más importantes en qué pensar. El incidente de la clase seguía dando vueltas en su cabeza y arrastró estos pensamientos hasta la gran vía. El ajetreo debía ser un bálsamo para su cerebro pero no surtió efecto. La gente que se cruzaba con él le resultaba grotesca y el frío en su cara no conseguía estimularle lo suficiente. Un matrimonio elegantemente vestido se paró delante suyo y le habló. Le preguntaron algo pero no consiguió entenderles. Eran extranjeros. Trató de aclarar si buscaban una dirección o localizar algún monumento. Respondieron a sus preguntas con más palabras incomprensibles.
Un suave dolor de cabeza hizo su aparición mientras el matrimonio comenzó por su cuenta una discusión acalorada. Al desconcierto reinante se sumó tambaleándose el drogadicto del callejón que comenzó a increpar a Santiago agarrándole del hombro con una mano, en la otra la jeringuilla con una gota de sangre en la punta. Santiago trató de zafarse pero el hombre le agarró por la solapa demostrando una fuerza inesperada. Asustado y asqueado al mismo tiempo Santiago consiguió retirarle de un empujón que le derrumbó como una hoja marchita. Aturdido por la situación Santiago comenzó a correr en dirección contraria al barullo de gente que empezaba a juntarse a su alrededor. Al cabo de un par de calles aminoró la marcha y continuó caminando algo aturdido y con el dolor de cabeza en aumento. Llegando ya a la altura del McDonalds que hace esquina con la calle Montera empezó a sentir náuseas. Sin saber por qué no pudo hacer otra cosa que reunir las fuerzas que le quedaban y salir corriendo de nuevo hasta meterse en la primera boca de metro que encontró. Bajó a toda prisa las escaleras y llegó casi sin respiración al anden de la estación de la línea 2 en Banco de España. El ruido anunció la llegada del suburbano. Ya con absoluta desorientación, extraño en un mundo que no era el suyo, entró en el vagón de metro número cuatro.

viernes, 17 de febrero de 2012

Felicidad

La felicidad no se consigue poniéndose grandes metas difíciles de cumplir, sino bajando las expectativas hasta que cumplan con lo que ya hemos conseguido. Cuánta sabiduría encierran estas palabras. Yo por ejemplo, ahora podría plantearme inalcanzables objetivos y deseos, como liberarme de estas cuerdas que me cortan la circulación, darles una paliza a los dos turcos que me tienen vendados los ojos y salir del almacén por la puerta grande, con la mercancía, el dinero y una sonrisa de oreja a oreja. Ahora bien, si estos son mis objetivos, tengo un 99.9% de probabilidades de fracasar y eso es demasiado hasta para un tipo con suerte como yo. Y con el poco tiempo que me queda, creo que no me merezco esa desdicha. Cierto es que la situación en que me encuentro no es perfecta. La silla podría ser más cómoda y podría no haber perdido el dedo meñique a manos de ese persistente torturador, pero eso sí, la noche está muy agradable. ¡Qué coño! Está preciosa. Hay que ser positivo hombre, que al paso que voy es muy probable que no tenga muchas noches que disfrutar. Además, tengo unos amigos maravillosos y hay veces que eso es todo lo que se necesita para ser feliz. De hecho, si no fuera por ellos no creo que hubiera llegado tan lejos yo sólo.

Carmelo, el fue quien me habló del trabajo. Carmelo, un tío con todas las letras. De los pies a la cabeza, bueno salvo lo de los pies, porque no sé que coño le pasó de pequeño que por gangrena o algo así perdió las piernas y lo que no son las piernas y su cuerpo no le empieza hasta llegado el ombligo. Lo sé, yo tampoco me imagino cómo coño se las arregla sin lo de ahí abajo, pero hay asuntos que son muy personales, y cada cual con lo suyo y Dios en la de todos. Eso sí, es un colega de puta madre, porque es verle y te hace sentir el tío más afortunado del mundo sólo por tener un miembro hecho y algunas veces hasta derecho. Él fue quien me recomendó este trabajo. Un trabajillo fácil, me dijo. Con esa cara de pan que es que te lo comerías a besos si fueras mariposón o mujer de buen conformar, cómo iba a decirle que no. Un robo sin dificultad. ¿Hay alguno que la tenga? Dije yo. Esa es la actitud, sonrió. Ante todo positivo.

Ah, la cita anterior sobre la felicidad era de Andrés. Todo un manual de filosofía popular. Con voz de barítono suele decirme, Víctor, cuando las desgracias se suceden y atosigan nuestros pensamientos lo mejor siempre es esconder la cabeza bajo la tierra como haría el avestruz, con el tiempo, los problemas se solucionan solos. Ese era Andrés, que por el interés tanto te quiero, pero que tonto eres a veces hijo mío. En todo este asunto él era el conductor del vehiculo, que parece que viendo las películas americanas siempre hace falta uno, aunque yo conduzco razonablemente bien, pero en fin. Por supuesto, y siendo fiel a su filosofía de vida, cuando la cosa se puso difícil desapareció y a estas horas debe ya estar en algún puticlub cerca de Barbate fundiéndose el adelanto que me obligó a darle para conducir mi coche hasta la puerta del almacén.

Como es bien sabido, nadie llama a Andrés sin llamar después a Lole, la encantadora Lole, amante indiscreta del robo sin violencia. Siempre tan mona, siempre tan dispuesta a ayudar, siempre lista para meterte una puñalada trapera y birlarte la mercancía y el corazón a la menor ocasión y dejarte a merced de los turcos y su torturador. Menuda zorra. Con decir que después de rondarla durante un año y medio, me decido a lanzarme y no se le ocurre otra cosa que descojonarse en mi cara llamándome iluso de mierda... Ay que joderse, iluso...pero bueno, nadie es perfecto, y los amigos no son una excepción. Y al fin y al cabo, yo, a pesar de mi refinado lenguaje y mi adorable modestia, supongo que soy tan bastardo y cabroncete como el que más. Además, no dicen que hay que tener amigos hasta en el infierno, pues ahí vivo yo, primero derecha, pasen sin llamar.

Dios mío, esto se está haciendo más largo que el camino de Santiago, por qué no terminarán el trabajo los Turcos, que todo tiene un límite. Les oigo cuchichear pero no pasan a la acción. Espera, oigo ruidos, alguien entra, ¿quién está ahí? ¿qué está pasando? Oigo voces, barullo, puede que una pelea, puede ser… no, no puede ser.

-       ¿Andrés eres tú? ¿Andrés?
-       El mismo que viste y calza. Deja que te retire la venda.
-       Gracias, amigo. Nunca dudé que vendrías a por mi.
-   Siento haberme demorado, pero la historia se tornó harto complicada cuando la policía se presentó de improviso en el local.
-       Bueno, lo importante es que has venido a por mí.
-       Claro, pero apúrate Víctor, Lole está esperando en el coche y no quiero que se impaciente, que ya sabes que es de pronto rápido.
-       Hombre, Andrés, no digas eso, de los amigos no se habla mal.
-       Tienes razón. No hay peor traición que la que se hace a un amigo.
-      Sí claro, eso pienso yo. Por cierto, no habrás visto un dedo por ahí. A lo mejor si lo metemos rápido en hielo...
-       Víctor, déjame decirte esto como amigo ¿Tocas el piano?
-       No.
-       Pues olvida tu pequeño miembro. Es mejor salir con nueve dedos en las manos que con los pies por delante.
-       Tienes razón, siempre la tienes. Vámonos de aquí.
-       ¿Y esa sonrisa?
-       Nada, supongo que de felicidad.

domingo, 22 de enero de 2012

Invierno

El hombre llega a la piscina. La mitad de los fluorescentes están apagados y a través de las ventanas apenas entra la escasa luz de la noche de primeros de Enero. Se mueve seguro, metódico. Comienza a colocar sus cosas pausadamente en el borde de la cuarta calle. Las gafas a su derecha, las chancletas a su izquierda. La llave de la piscina bien sujeta de la muñeca donde también acarrea el peso de un reloj con alarma. Gira la cabeza alrededor y saluda con un gesto al socorrista que apenas levanta la vista de un libro de metodología legal. El hombre contempla la piscina. El agua es principalmente azul, marcada por el negro que señaliza las calles. No se impacienta, ni aparece en su rostro gesto alguno que muestre un sentimiento. Se coloca las gafas y de un poderoso salto penetra en el agua rompiendo su quietud.

Es el frío el que me advierte sin dudarlo de su presencia, me despierta y me atonta al mismo tiempo, no obstante sé que después de quince, de veinte o de cincuenta metros, dejaré mi mente en blanco y sutilmente podré alcanzar la verdadera libertad. Me fundo con lo que me rodea. Lo siento todo, el agua y el cloro, y los pequeños restos microscópicos que han llegado aquí a pesar de los gorros y las corcheras. Puedo sentir la resistencia del líquido y las pequeñas ondas que formo cada vez que pataleo y que vuelven a buscarme recordándome que estoy solo en este mundo, sólo en esta pequeña inmensidad. Sí. Lo puedo sentir. Lo siento. Siento todo. Siento todo y a la vez no siento nada.

Sí, él nada, y tú desearías hacer lo mismo, porque la noche no espera por nadie y si no te lanzas tú, lo hará otro menda más listo. Y tú te quedarás ahí sentado con tu cara de bobo leyendo las putas oposiciones que hace ya tiempo sabes que no vas a aprobar ¿porque? Porque no te da, por eso. De donde no hay no se puede sacar. Estás hasta los huevos. Te gustaría lanzarte a ti también a la piscina y abrazarte a ese tío con el que llevas soñando desde que empezaste a currar. Quieres lamerle todo el cuerpo y follártelo bien. Mira como se mueve, con esos hombros, y ese culo y ese juego de piernas que te vuelve loco. No aguantas más. Te levantas y lanzas tu libro a  la mierda para marcar tu territorio. Al fin y al cabo, en esta piscina el que mandas eres tú, no hay nadie más, ni jefes, ni ostias, sólo tú, como amo y señor. Sientes como te aprieta más y más el pantalón, aceleras el paso y ya casi estás a punto de encontrarte con él en un extremo. Casi puedes tocar su cabeza con tu mano. Casi puedes liberar todo esa presión que no te deja pensar. Casi puedes, casi quieres, casi, casi… casi no es suficiente y tú lo sabes bien. No es lo mismo lograrlo que casi lograrlo. Cuando estás apunto de llegar resbalas y te golpeas la cabeza con el suelo de la piscina. Luego caes al agua y ahí te quedas, boca abajo, inconsciente y con una erección que ya la quisieran muchos.

Empiezo a notar el cansancio, la tensión en mis músculos, la rigidez en mis tendones. Empiezo a sentir la dificultad de continuar dando brazadas, cortando el agua con estos remos de carne y hueso. Seguiré avanzando sin descando hasta que no pueda aguantar más el dolor y mi cuerpo grite basta. No tengo otro remedio, ni tampoco lo busco. Disfruto llevando mi ser hasta el extremo físico y mental. Disfruto de este juego. Ya casi no puedo más, casi no tengo respuesta para estos pinchazos, casi no quiero seguir, casi no puedo, casi no quiero, casi, casi… casi no es suficiente y yo sé que debo llegar hasta el final. Estoy a punto de concluir pero hay algo que no es correcto. Hay algo en el agua que no debería estar ahí. Parece un cuerpo. Inerte. Rodeado de un halo rojizo. Me acercó y le observo desde una distancia prudente. Es el socorrista. Me entran dudas sobre cómo proceder. Puede que haya sufrido un accidente, un desagradable percance. Quizá se ha acercado a la piscina para advertirme de algún peligro y ha resbalado, golpeándose y quedando inconsciente. Es difícil saberlo. Puede también que en el fondo nada sea fruto de la casualidad y que lo que buscara el socorrista fuera esto. Desaparecer, sentirse libre como hago yo cada vez que cumplo mi ritual natatorio, sólo que a un nivel superior, más elevado, más puro. La libertad absoluta. ¿Quién soy yo para negarle eso a nadie? ¿Quién soy yo para decidir lo que es suerte y lo que es destino? ¿Quién soy yo?

El hombre sale de la piscina despacio. Se quita las gafas con ambas manos y después retira el gorro que protege su pelo. Estira los brazos y flexiona la columna cuatro veces. Se calza las chanclas, derecha e izquierda y sin volver la vista se dirige a los vestuarios con paso tranquilo. Todo permanece quieto en la piscina, incluído el cuerpo que flota junto a la cuarta calle. El vaho empaña los cristales que dan al exterior. Es Enero y hace frío. Otro fluorescente deja de brillar. El silencio  es casi total.

miércoles, 11 de enero de 2012

El segundo tren más largo del mundo

 Honrados con aquel encargo, los ingenieros se pusieron manos a la obra. El diseño del trazado ocupó buena parte de la primera década. Cientos de hombres se afanaron en la fabricación de prototipos, planos y borradores repletos de fórmulas matemáticas y complejos algoritmos. El modelado de las vías y su trazado, así como la construcción de los vagones constituyó veinte años más de trabajo, intenso pero gratificante. Los nuevos rieles capaces de soportar aquella maravilla de la era moderna debían ser cuidadosamente elegidos. Bosques enteros de pinos, hayas y robles fueron talados para construir las traviesas de aquel gigante de vapor. Miles de trabajadores dedicaron sus vidas a terminar la locomotora que encendiera la llama de tan fastuosa obra, fundiendo el metal, moldeando cada tornillo, cada junta, cada llave. Los más preciados materiales fueron traídos de todos los rincones del mundo para decorar el interior de aquella deslumbrante serpiente metálica. Telas de la china, nácar del Bósforo, ébano del Brasil, perlas de los archipiélagos pacíficos e incluso pieles de búfalo americano casi en extinción. No se reparó en gastos. Fue el esfuerzo colectivo más grande que aquel pueblo orgulloso había realizado jamás.
Cuarenta años de trabajo después y a punto de terminar la tarea, los ingenieros comprendieron la triste realidad. Las dimensiones de la máquina eran tan extraordinarias que un pasajero necesitaría toda una vida para trasladarse de un vagón a otro haciendo que el mero hecho de ocupar sus asientos desde la estación fuera un ineludible éxodo ferroviario. Tras unos segundos de inevitable desazón, los ingenieros retornaron a su habitual temperamento. Casi sin aliento, pero con la determinación de acabar el trabajo comenzaron el diseño de un segundo tren también de enorme precisión y belleza, pero cuyo recorrido transcurriría por el interior del primero, surcando vagones y ventanas y pasillos y asientos, conectando las entrañas del fabuloso monstruo de vapor.

Conversaciones de cama

 -       ¿Hemos sido felices juntos, verdad? preguntó el tornillo a la tuerca.
-       Sí. Contestó ella sin dudar
-       ¿ Y no te arrepientes de nada? Preguntó él.
Hubo un breve silencio. Entonces la tuerca respondió.
-       Hace tiempo, cuando tuvimos aquellos problemas, no sé como pasó, pero me enamoré del clavo. Ahora desde el recuerdo, no puedo evitar preguntarme que hubiera pasado ¿Te molesta que te diga esto?
-       No, dijo el tornillo, porque hace tiempo yo también estuve enamorado del clavo. ¿Y quién no lo ha estado?
Dicho esto nadie añadió nada más, apagaron la luz y tuerca y tornillo durmieron como hacía tiempo que no dormían.