miércoles, 30 de noviembre de 2011

La importancia de colgar un cuadro

Mi mujer ha salido con el niño a visitar al pediatra. Con esa mirada que suele poner me ha pedido que colgara su cuadro. No es que ella lo hubiera pintado, es que era de su propiedad, heredado de su abuelo, creo. Al parecer un cuadro de un pintor de cierto renombre para la época, pero eso no viene al caso. Para cumplir el encargo lo antes posible y poder explayarme como es debido en el sofá, me he acercado a la caja de herramientas en busca del martillo. Aquí ha llegado la primera sorpresa de la tarde, el martillo no estaba. He levantado la bandejita que conforma el primer piso de la caja, y en la segunda planta tampoco estaba. Lo que sí había allí era un enorme mazo de plastilina azul. ¿Que he hecho entonces? Seguir con la tarea. No me gusta discutir con mi mujer y sé que si regresa y me ve sentado en el sofá sin hacer nada y el cuadro apoyado contra la pared junto a un clavo solitario en el suelo no se va a alegrar demasiado. El cuadro estará colgado, me he dicho, y cuanto antes me ponga a ello mejor, que me duele algo la espalda y no quiero estar arriba y abajo toda la mañana.

Armado con el descomunal mazo de plastilina me he acercado a la pared, he tomado el clavo con la mano izquierda, lo he colocado justo en el punto donde deseaba que se asentara el cuadro y he golpeado con todas mis fuerzas con el arma que blandía en la mano derecha. He fallado. Como me suele ocurrir en estos casos de tareas domésticas que implican cuadros, estanterías o cualquier otro elemento que precise ser colgado o fijado a una pared, le he dado a mi dedo. Por fortuna la plastilina no me ha hecho demasiado daño y tan sólo me he manchado un poco de la capa azul más superficial de la peculiar herramienta. Con bríos renovados he vuelto a cargar el brazo derecho y he golpeado, esta vez de lleno, en el pequeño clavo metálico. Al retirar el mazo, el clavo no estaba en la pared. Descansaba plácidamente en el enorme basto azul de plastilina. La tarea se presentaba más compleja de lo esperado y me he acercado a la cocina a servirme un vaso de agua que calmara mis nervios. He mirado el reloj. El minutero no daba tregua y mi mujer y el niño, que antes no lo he mencionado, pero se llama Tomás, tampoco he mencionado el nombre de mi mujer, que se llama Miranda, pero nada de esto viene al caso, deben estar a punto de emprender el camino de regreso. Al terminar el vaso de agua algo se ha encendido en mi cerebro, un recuerdo cercano. Corriendo he llegado hasta el cuarto donde estaba la caja de herramientas, la he abierto, he destapado la primera planta y como por arte de birlibirloque, allí estaban, cinco clavos de plastilina, la única manera en la que mi tarea no podría fracasar. Y sin embargo fracasó. He repetido la operación tal y como la realizaría con un martillo y unos clavos al uso y al sacudir con el mazo a aquella pequeña punta amarilla, la pared se ha visto decorada por un precioso círculo del mismo color que mi clavo de plastilina.

Desesperado me he sentado en el sofá y me ha entrado una indescriptible tentación de desconectar mi mente y permanecer allí hasta que Miranda y Tomás hicieran su aparición. No lo he hecho y he seguido dando vueltas en mi cabeza en busca de una solución a este desagradable problema doméstico. Al final lo he visto claro. La solución estaba delante de mis ojos. La única manera de clavar un clavo de plastilina usando un mazo de plastilina, es hacerlo, como no, en una pared de plastilina. No he perdido el tiempo, y aunque me cuesta arrancar, vago no soy, así que una vez mentalizado, ni corto ni perezoso, me he armado de valor y he comenzado a tirar abajo la pared. Y lo he hecho con lo que he podido, ya que no tenía un martillo al que aferrarme. Así, he usado los alicates, las cuchillas y la propia caja de herramientas como utensilios de demolición. He usado las sillas de la cocina y hasta el busto romano que algún desaprensivo nos regaló en nuestra boda. He usado las botas de cuando mi padre hizo la mili y he usado el extintor vacío que mi mujer guarda en la entrada y un atlas de tapa dura que no se de dónde ha salido y un G.I. Joe de Tomás que lleva consigo múltiples accesorios de batalla. He usado pilas alcalinas y el perchero con los abrigos colgados. He usado cosas de las que me avergüenzo ligeramente y otras que ni siquiera sabía que existían. He usado de todo, pero lo más importante, lo he usado bien. Finalmente, la pared ha caído. No ha quedado nada, sólo el vacío de mirar a cielo abierto.

Un pensamiento ha cruzado mi cabeza en ese momento ¿Y si no continúo? Sí, ¿Y si lo dejo tal cual está? Al fin y al cabo, la pared de donde debía colgar el cuadro ha desaparecido. Rápidamente he desechado esta idea. Mi mujer querrá usar otra pared en su lugar y entonces todo volverá a empezar de nuevo incluido el inevitable ciclo de destrucción, que por cierto me he dejado literalmente baldado con un creciente dolor de cabeza y la espalda más atenazada de lo que ya la tenía, aunque eso no viene al caso. Así pues, he borrado esa posibilidad de mi mente y venciendo al malestar general que sentía en cada músculo de mi dolorido cuerpo he buscado plastilina con que construir la nueva pared. Por fortuna Tomás es un enamorado de la escultura desde una edad temprana y en su cuarto guarda un enorme arsenal de ese material en todas sus formas, bolas, tiras e incluso pastillas intactas que por su robustez serían perfectas para armar el esqueleto de la estructura. Con ánimos renovados por la idea de crear algo nuevo he ido transportando el material desde el cuarto del niño hasta el salón, pieza a pieza, pastilla a pastilla. Sin perder más tiempo, ya que el resto de la familia debía estar al caer, he comenzado a reconstruir la pared esforzándome en dejarla tal y como era la anterior versión de cemento y ladrillo. No sé si me ha llevado dos horas o doscientas, pero al final debo reconocer que he hecho un trabajo excelente. Como remate final he tomado el clavo en mi mano y de un certero golpe lo he hundido con el enorme mazo azulado hasta que sólo asomaba de la pared su pequeña cabecita. Orgulloso de mi obra y con cuidado de que no estuviera torcido, me he encaminado a colgar el cuadro de mi mujer. Aquí ha llegado la segunda sorpresa de la tarde. La arandela no estaba. Ni la arandela, ni la cuerda, ni el saliente, ni nada de nada. Sólo la tela lisa pegada de alguna manera al marco exterior. ¿Cómo podría terminar yo ahora mi tarea? Me he preguntado. Inevitablemente sólo había un modo de solucionar el problema, hacer otro cuadro de plastilina, idéntico al original, pero con una preciosa arandela para colgar.

Debo reconocer que este pensamiento ha generado en mi, profunda desazón y desánimo, y no por el trabajo por hacer, que como ya he dicho, no es el trabajo lo que me asusta, no soy un vago, sino porque no domino del todo las artes plásticas. He pensado sin embargo en mi mujer y en lo disgustada que se pondría si vuelve y se encuentra su cuadro sin colgar y me he convencido. Si tengo que hacer una réplica exacta del cuadro para poder colgarla de la pared la haré. Y así que me he puesto con ello. Y me he puesto y me he puesto y casi me pongo a llorar al contemplar la maravillosa obra que he creado en el salón de casa. Me atrevería a decir que he mejorado el original, fuera de quien fuese. Los colores eran tan vivos y la textura tan dinámica que parecía que el cuadro tuviera vida propia. Triunfal y satisfecho, he tomado el cuadro con cuidado y mirando que la arandela casara con el clavo lo he afianzado a la pared con la satisfacción del trabajo bien hecho. En ese momento he oído la puerta y poco después Miranda y Tomás han entrado en el salón.     

Tomás rápidamente ha venido hasta el sofá y de un salto me ha abrazado y con la misma energía ha salido corriendo rebotado hacia su cuarto. Miranda ha llegado hasta donde yo estaba, me ha dado un beso y ha comenzado a contar sus peripecias en la consulta del pediatra. Mientras ella hablaba se han hecho patentes mis dificultades para no desviar la vista hacia la obra completada. Mi mujer no obstante ha continuado ignorándome un rato más. Ha profundizado en sus elucubraciones acerca del médico y la relación extra-matrimonial de éste con el psicólogo de la puerta contigua. Yo he tratado de parecer interesado, pero mi mirada se desviaba una y otra vez en dirección al cuadro como una llamada de auxilio de alguien que se encontrara amordazado. Miranda, con más demora de la deseable, ha captado mi extraño proceder y se ha dado la vuelta. Ha visto la pared y el cuadro colgado y tras recolocarse con la mano cambiada las gafas, me ha asegurado con un lacónico movimiento de cabeza que no estaba segura de que el cuadro le gustara después de todo. Que su abuelo le tenía mucho aprecio pero que a ella, francamente, no le decía gran cosa. Quizá sería mejor poner una estantería, ha dicho con ingenua diligencia antes de retirarse a nuestra habitación. Yo, algo abatido por el apagado desdén que había despertado mi obra, he permanecido inmóvil en el sofá. En ese momento Tomás ha entrado en el salón, se ha arrimado a la pared y con la inocencia propia de la edad ha arrancado un pequeño trozo, no más grande que un ladrillo, para esculpir lo que podría adivinarse como un platón de fruta o un robusto cenicero Luego ha arrancado un trozo más y después otro y otro de forma casi mecánica  ¿Me he derrumbado o he montado en cólera por ese comportamiento destructivo? No ¿He gritado, pataleado o incluso llorado por reconocer lo efímero de mi trabajo y su inevitable destino? No. he permanecido sereno, tranquilo a pesar de todo, pues ya tenía la lección aprendida y sabía que todavía quedaba suficiente plastilina como para esculpir una figura de un metro veinte de altura y unos 35 kilos.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Ismael y la anciana


La anciana se desplaza cojeando por el pasillo de los cereales, dobla a la derecha en la sección de congelados y finalmente, después de casi dos minutos de caminar ininterrumpido se detiene delante de un cajón que guarda una pequeña montaña de peras. Toma una con su mano derecha y la abrillanta contra su vestido gastado. Con cara de desagrado aproxima el peso utilizando su brazo como balanza. Todavía descontenta se acerca la fruta a la cara. Cuando está a menos de cinco centímetros de su nariz, un empleado del supermercado la detiene.

-        Perdone señora, pero no se puede coger la fruta con las manos. En las esquinas de las estanterías dispone de guantes si lo desea.

La anciana decide ignorarle y se mantiene quieta con la pera en la mano. El joven indeciso, vuelve a dirigirse a ella, que sintiendo cómo se acerca lanza un bufido como un gato acorralado tratando de ahuyentar a un animal de mayor envergadura. El empleado, visiblemente aturdido por la reacción y sin la menor intención de provocar un escándalo se retira al fondo del pasillo esperando que la anciana calme sus ánimos. Mientras el joven se aleja, ella aprovecha para hundir la uña mellada de su dedo gordo en la piel amarillenta de la pera. Descontenta con el resultado y ya con el joven mirándola otra vez, vuelve a dejar la pieza de fruta en el montón. Lo hace lentamente, sin apartar la vista del empleado. Después coge su cesta de la compra y exagerando más si cabe su torpe caminar se dirige hacia las cajas registradoras. Ismael ve toda la escena desde un pequeño stand con pilas alcalinas y paquetes de chicles. Cuando la anciana sale del supermercado, la sigue a una distancia prudente hasta que ésta se desvanece en un portal de la calle Candela.

A la derecha hay una pequeña tienda de fotocopias y una tienda de uniformes guarda el flanco izquierdo. De frente el portal de la anciana. La luz del sol alumbra parcialmente ya que la parte inferior de la fachada está tapada por las ramas de un platanero. La visibilidad aún así, es buena sin coches aparcados en la acera gracias a unos pivotes metálicos. Un pequeño entrante donde se sitúa un cajero automático le permite a Ismael ver sin ser visto. La calle no es muy transitada, ni por vehículos, ni por peatones lo que facilita su tarea de vigilancia. El tiempo sin embargo pasa despacio y la espera se le hace más larga de lo habitual. Intenta distraer su mente con pequeños detalles, dibujando laberintos en los ladrillos de la casa, o imaginando figuras en las manchas de humedad que desdibujan la fachada del edificio. A pesar del esfuerzo, con los minutos surgen las dudas. Lleva demasiado tiempo buscando y no quiere equivocarse otra vez. Hace tres años Ismael persiguió a un hombre por media ciudad, no tendría más de treinta años. Era invierno y llevaba una sudadera gris y unos cascos que le hacían las veces de auriculares y orejeras. Todos los datos apuntaban en la misma dirección e Ismael lo rastreó durante un par de semanas más antes de acorralarle en un callejón del centro. Cuando le interrogó, el joven se orinó en los pantalones. Le entregó una bolsa con unos cuantos sobres de cocaína y comenzó a pedir perdón y balbucir excusas y súplicas. Al parecer había robado la droga. Cuando Ismael mencionó lo que andaba buscando, la mirada del chico no dejó lugar a dudas, no tenía ni idea de lo que le estaba hablando. La conversación no se dilató y acabó abruptamente, con el joven de la sudadera tendido en el suelo del callejón y un charco de sangre creciéndole debajo.

Se ha hecho de noche. Han debido de pasar poco más de tres horas, cuando se abre el portal del edificio y la anciana sale a la calle, dirección norte. Su vestido es distinto, más moderno aunque igualmente gastado. Lleva un bolso dorado a juego con los pendientes y unos zapatos con un pequeño tacón rojo. Camina a paso ligero disimulando la cojera de unas horas atrás. Ismael la sigue a unos treinta metros siempre por la acera contraria. Salen a la calle principal y pasados un par de bloques la anciana entra en un edificio grande con un luminoso en letras rosas y azules, Bingo Chicago. Ismael espera unos minutos estudiando el exterior y finalmente entra él también. Tras un breve paso por recepción donde toman sus datos, Ismael pasa al salón principal. La estancia tiene más de 8 metros de altura, herencia sin duda de los antiguos cines en los que se asienta el nuevo local. El techo lo cubre una enorme ola dorada que avanza desde la puerta de entrada hasta la pared frontal, donde un panel, ligeramente inclinado y con forma de elipse, anuncia los números del juego. Debe de haber unas 15 mesas repartidas en tres hileras que ocupan todo el salón. Ismael localiza a la anciana en la fila central. No está sola. Comparte lugar con una señora también mayor aunque más gruesa y de rostro más suave. En frente de ambas un hombre de unos setenta años con bigote blanco. Lleva una camisa con estampado de cebra y ríe detrás de unas enormes gafas de conchas. Acaba de cantar línea. Ismael se sienta a dos mesas en diagonal de la anciana y sus acompañantes, pide un güisqui y compra un cartón que rellena sin perder de vista su objetivo.

Pasa más de una hora y no se produce movimiento alguno en la mesa de la anciana. El hombre ha cantado línea dos veces más y la amiga de la anciana ha cantado un bingo. Ismael ha perdido catorce cartones y se ha tomado otros dos güisquis. Pide otro cartón. En ese momento la anciana se levanta de la mesa y se dirige a paso lento a los servicios. Ismael permanece en su sitio unos momentos hasta que apresurado termina su copa de un trago y la sigue. Ella se mete en los lavabos. Él espera un poco para asegurarse que nadie le ve y entra detrás. Revisa los baños uno a uno mirando por debajo, buscando piernas indiscretas que puedan estropearlo todo. Sólo encuentra los zapatos con el pequeño tacón rojo. Más tranquilo bloquea la puerta del baño con el cubo de basura y espera a que salga la anciana.

-          ¿Qué hace aquí? No puede estar aquí. Dice la anciana al ver a Ismael mirándola detenidamente.
-          No me andaré con rodeos, démelo y no le haré nada. Ismael suena calmado. Ella vuelve a protestar.
-          Este es el baño de mujeres, no puede estar aquí.
-          No debería levantar la voz. Dice Ismael sin alterarse. Déjese de tonterías, por favor. Sabe lo que vengo a buscar. Y sabe que me lo voy a llevar por las buenas o por las malas.

Las palabras tranquilas de Ismael surten efecto en la actitud de la anciana, que observa al hombre que tiene delante, primero con curiosidad después con desprecio. Media sonrisa deja asomar un colmillo acompañado de una funda dorada.

-          ¿Y quién eres tú para llevarte lo que no te pertenece? Tú no eres nada. Un don nadie. No hay nada que me puedas hacer que me asuste lo suficiente. Ismael se agita.
-          ¿Así que es cierto? ¿Lo tienes? La anciana, parece dudar.

En la puerta se oye un pequeño forcejeo. Alguien trata de entrar en los servicios pero la papelera cumple su función. Ismael avisa de que están reparando el baño, que pueden usar los otros, los que están en la entrada. El ruido de detrás de la puerta se desvanece. La anciana retoma la conversación.

-          Tú no sabes ni lo que estás buscando. ¿Cuánto tiempo llevas con esto, tres años, cinco?
-          Ocho años, contesta Ismael con tono de cansancio. Y no voy a irme de aquí de vacío.
-          Ocho años, sonríe la anciana, seguro que por el camino te has dejado todo lo que te importaba. Ismael recuerda. La anciana continúa incisiva.
-          ¿Una mujer, hijos tal vez? El silencio de Ismael responde cada pregunta que ella hace. Eres patético. Has malgastado tu vida por nada. Más vale que te vayas por donde has venido si no quieres acabar como yo. Ismael está paralizado, las palabras de la anciana suenan con fuerza en su cabeza. Acabarás solo, jugando al bingo los martes por la noche con dos desconocidos que están igual de solos que tú.

La anciana dice algo más pero Ismael ya no puede oírla. Una afilada hoja metálica asoma por debajo de su brazo derecho. Mecánicamente da un paso hacia delante y hunde la navaja en el estómago de la anciana que se derrumba en silencio, observando la sangre que cubre ya sus manos. Ismael recoge el bolso dorado que ha caído al suelo y empieza a buscar nervioso. Finalmente lo encuentra. Es precioso, tal y como lo imaginaba. Coge el pequeño marco de plata con ambas manos y lentamente comienza abrir una de las dos hojas que a modo de ventana lo protegen.

-        No mires, dice la anciana casi sin vida. No estás preparado para lo que vas a encontrar.
-        Conocimiento, eso es lo que busco. Replica Ismael. Y es lo que me dará este espejo.

La anciana habla casi en un susurro

-        Estás equivocado. No funciona así. Lo que conocerás no será el mundo o el futuro o cualquier otra cosa que te hayan contado. Con este espejo mirarás dentro de ti, en lo más profundo de tu alma y te aseguro que no te gustará lo que vas a ver.
-        Eso lo decidiré yo.
-        ¡Insensato, mírame, mírame bien! Replica la anciana con sus últimas fuerzas ¿Crees que yo soy así? ¿Que esto es real? Todo es mentira. ¡Mírame! Tengo cincuenta años. El espejo me ha convertido en lo que soy. No me ha dado nada, solo esta miseria...
-        ¿Y porqué sigues guardándolo?

La anciana suspira y su voz se desvanece

-        Es lo único que me queda. Es lo único…

Ya no dice más. Ismael se detiene un segundo y sin más dilación abre la segunda hoja y deja al descubierto el cristal de un pequeño espejo. Un espejo normal, sin más brillo del esperado, ni más reflejo que el del baño en el que se encuentran. Lentamente Ismael lo levanta y lo incorpora hasta verse completamente reflejado en él. Segundos después cae inconsciente.

Cuando se despierta está tendido en el suelo y le sangra el labio. La anciana descansa sin vida apoyada en la pared del fondo. A su lado se encuentra el espejo cubierto de nuevo por las dos pequeñas hojas de plata. Con cuidado lo recoge y lo guarda en el bolsillo de su chaqueta. Se incorpora y se enjuaga la boca con un poco de agua hasta que deja de sangrar. Sin demorarse más se asegura de que no hay nadie al otro lado de la puerta y sale del servicio volviendo a entrar al salón principal por uno de los laterales. Busca con la mirada la mesa de la anciana. Los acompañantes siguen sentados jugando con aparente concentración el siguiente cartón. Ismael avanza entonces hacia la salida al ritmo que marcan los números del bingo. Llega hasta el umbral, abre la puerta y sale al exterior. Respira profundamente el aire fresco de la ciudad mientras se asegura con la mano  que el espejo sigue en su bolsillo. Un par de taxis libres pasan por delante del local. Ignorándolos, mira a ambos lados de la calle. A excepción de una pareja joven apoyada en la esquina de enfrente y un vagabundo dormido encima de unos cartones, está vacía. Se levanta un poco de viento e Ismael, abraza su chaqueta y empieza a subir la pequeña cuesta alejándose del bingo. Lleva una expresión distante en su rostro que la noche no llega a ocultar y una ligera cojera que casi imperceptible le acompaña calle arriba.

sábado, 22 de octubre de 2011

Perspectiva


-        Vaya ¿Te han traído bombones?
-        Daniela, una compañera del trabajo. Perdona, me los puedes dejar ahí. No creo que pueda comerlos ahora.
-        Claro.
-        ¿Me acercas la botella de agua, por favor? Esto de estar atrapado en esta cama es terrible.
-        Si te parece empezamos ya.
-        Dispara.
-        No sé, dime ¿Cómo te sientes ahora?
-      No me puedo quejar. Estoy vivo, ¿no? Lo cierto es que si hago memoria de todo lo que me ha pasado reconozco sentir un poco de vergüenza. Hace falta estar muy confundido para que no se te pase por la cabeza la idea de que algo no va bien. Ni siquiera lo vi como una posibilidad. La realidad se desmoronó y me pareció más lógico pensar que era lo normal en lugar de pensar que el problema podía ser yo, mi percepción del mundo. Lo siento ¿No sé si es esto lo que quieres saber?
-        Vas muy bien, no te preocupes. Quizá puedas contarnos antes algo sobre ti, ya sabes, a modo de preliminares.
-        Tienes razón. Lo primero, es lo primero. Preliminares. Me llamo... perdona, eso ya lo sabes ¿supongo?
-        Sí, puedes saltarte esa parte.
-        De acuerdo. Tengo 35 años. 35 años... normales. 35 años de hombre sano, con las preocupaciones típicas de mi generación, dinero, trabajo, mujeres, ya sabes, diversión.
-        ¿Hablamos del tipo de diversión que puede hacerte perder la cabeza de vez en cuando?
-        No quiero mentir. No soy un santo y no era la primera vez que jugueteaba con la realidad, aunque antes siempre lo había hecho conscientemente, Ya sabes, alcohol, drogas blandas, alguna que otra de más calibre, pero nada demasiado serio y por supuesto siempre fui consciente de que lo que experimentaba era o al menos podía ser causa de lo que previamente había ingerido. Oye, ¿esto saldrá también en el artículo?
-        Si explica la historia... pero es mejor conocer primero todos los detalles y seleccionar que es lo importante a posteriori.
-        De acuerdo. Aquel día y quiero dejarlo bien claro, estaba limpio. Nada de mierdas ni mamonadas. Sin embargo me colapsé completamente. Ya desde la mañana.
-        ¿A qué hora fue esto?
-       No lo sé. Entraba luz por la ventana. Creo. Da igual. Dejame llegar al meollo del asunto. Para empezar me levanté en el sofá lo cual ya era raro, porque yo soy de dormir a pierna suelta, pero en mi cama ¿vale? Nunca en el sofá.
-        ¿Recuerdas como llegaste ahí?
-        Pues la verdad es que no. ¡Joder! Es todo tan confuso. Como te digo, el día empezó mal y fue a peor. Primero fueron mis manos. Las miraba y sabía que había algo extraño en ellas pero no acertaba a adivinar qué. Les daba la vuelta arriba y abajo, las abría las cerraba... nada. Entonces caí en la cuenta. Eran las uñas. No estaban.
-        ¿Te las habías arrancado?
-        No. No tenía uñas. Como si nunca hubieran estado ahí. Te digo que todo fue muy raro
-        Pero ahora sí las tienes.
-        Claro, todo estaba en mi cabeza, pero entonces parecía real.
-        ¿Te alarmaste entonces?
-       ¿Que si me alarmé? No demasiado, debo decir. Nunca me he preocupado demasiado por los detalles y las uñas... bueno, si no estaban, no estaban. Mira, ya sé que suena muy raro, pero como te digo, no me había drogado. Los análisis que me han hecho en el hospital lo confirman.
-        ¿Entonces? ¿Enloqueciste de repente? Has dicho que no habías tenido problemas médicos previos.
-        No lo sé.
-        ¿Sabes que hay drogas que pueden causar fuertes alucinaciones y no se detectan en un análisis si no buscas lo que tienes que buscar?
-        Ya te digo que no estoy seguro. Era demasiado real ¿quieres que continúe o no?
-        Perdona, sólo buscaba atar los cabos.
-        No me extraña, yo trato de hacer lo mismo. Verás, lo duro llegó después. Me levanté y traté de alcanzar la puerta del baño, pero las leyes de la perspectiva se habían esfumado. ¿Te acuerdas de todo eso de los puntos de fuga, las líneas que convergen en un punto en el infinito y demás? Nada parecido.
-        ¿Qué quieres decir?
-        Digo que el pasillo que me separaba del baño se hacía más y más grande a medida que avanzaba. La distancia se ampliaba a cada paso. Al final, obviamente no conseguí llegar. Tuve que conformarme con vaciar mi vejiga en una botella vacía de refresco que había al lado del sofá. Déjame adelantarme a tu pregunta. No, lo que pasaba estaba en mi cabeza. ¿De veras quieres que te cuente todas estas locuras? Seguramente estaba drogado como dices.
-        Tú cuéntamelo todo tal y cómo lo recuerdas. Lo importante está en los detalles. ¿Quieres más agua?
-        No, gracias. Estoy bien. ¿Por dónde iba? Ah, sí ¿Empecé a preocuparme entonces? Un poco, pero nada comparado con lo que vino después. Sentado de nuevo en el sofá traté de fijar la vista en algo conocido, asegurarme de que todo lo demás era correcto. Pero no lo era.
-        ¿Qué es lo que viste?
-        Alguien había entrado en mi casa ¡Joder! Todo estaba descolocado. Mi ropa por el suelo, la televisión volcada, los cuadros destrozados, los libros esparcidos por el salón... un desastre. No sólo eso. En una esquina habían hecho una fogata y había trozos de libros a medio quemar, como si estuviéramos en la maldita Alemania nazi.
-        ¿Cómo sabes que no fuiste tú el que hizo todo esto?
-        Ya sé que suena mal, pero aunque no me creas, cuando estoy borracho o colocado sé lo que hago y lo que no. Puedo ver la realidad desenfocada, o perder la memoria de algún que otro momento de la noche, pero siempre, y recalco siempre he sabido cuando he hecho algo malo y cuando no. Las cosas que olvido son nimiedades, tonterías, relleno. Lo importante siempre lo recuerdo.
-      Tranquilo, te creo, pero me gusta tocar todos los puntos. ¿Quién crees que pudo haber sido entonces?
-        ¿Y yo qué sé? Yo soy un tipo muy sociable. Me llevo bien con la gente.
-        Sí, te han traído bombones.
-        Exacto.
-        ¿No crees que el que te ha hecho esto te conocía?
-        Mira, pudo haber sido cualquiera. Hay mucho loco suelto. Seguramente algún envidioso.
-        Puede ser.
-        Bueno, aunque ahora que lo dices sí que hubo algo extraño en todo el tema, algo personal, aunque bien puede haber sido casualidad.
-        ¿A qué te refieres?
-        Entre la pila de libros quemados había uno de especial valor. Valor sentimental quiero decir. Me lo regaló mi mujer...
-        Perdona ¿Estas casado?
-        Estamos separados.
-        Ya veo
-        ¿Por qué dices eso?
-        Por nada. Sólo asentía.
-        No, eras condescendiente. Estamos separados, pero es algo temporal.
-        Tranquilo, no pretendía insinuar nada. Sé que las relaciones son complicadas.
-        Lo siento. Estoy un poco nervioso.
-        Es normal. Continúa por favor. ¿Qué libro te habían quemado?
-        Mi mujer me regaló una edición de El Principito la primera vez que estuvimos en Francia. Es mi libro favorito. Aquel viaje resultó increíble. Yo creo que fue la única vez que fuimos realmente felices.
-        Te entiendo.
-        El libro en sí no tenía ningún valor. Sólo el que yo le daba. Si lo miro ahora todo fue bastante dramático. Alguien había estado en mi casa. Alguien había puesto patas arriba mi vida.
-        Eso es muy duro.
-        Sí, pero no fue lo peor. Lo peor vino cuando me di cuenta de que el que había hecho esto podría seguir todavía en la casa. Sí, esto lo puedes anotar, ahí es cuando me acojoné. En serio, si no hubiera meado antes, lo habría hecho entonces encima del sofá. Eso era miedo de verdad.
-        ¿Y qué hiciste?
-        Haciendo un esfuerzo máximo de auto-control traté de calmarme y escuchar. Por unos momentos no oí nada. Puede que estuviera a salvo después de todo. En un segundo intento por levantarme traté de alcanzar la cómoda y llegar a donde debían estar mi móvil y las llaves de mi coche. Pero como no podía ser de otra forma, el mundo seguía desafiándome de mala manera.
-        ¿Seguías teniendo problemas de percepción?
-        Enormes. No es que el móvil o las llaves no estuvieran allí, es que la que no estaba era la cómoda. Conseguí llegar, no obstante, hasta la pared. Me pareció apreciar algo extraño saliendo de los ladrillos. Cuando pude tocarlos descubrí que la cómoda era el muro y el muro era la cómoda. Los picaportes salían de los ladrillos como si estos pudieran abrirse de manera natural. Estaba muy asustado. Dí dos pasaos hacia atrás y caí al suelo. Caí encima del montón de cenizas y de trozos de libros. Entonces, desde el suelo oí una risa y como suelen decir se me heló la sangre.
-        ¿Reconociste la risa?
-        No. Venía de mi habitación. Me quedé completamente paralizado. Después hice lo único que podía hacer, intentar salir de ahí. Me levanté como pude y toda la habitación comenzó a darme vueltas, como en un barco en alta mar, con olas moviéndome de babor a estribor. Dando tumbos conseguí llegar de nuevo hasta el sofá y concentrar mi vista en la puerta principal. ¡Joder! El corazón me latía con tanta fuerza que creí que me daría un infarto. Nunca he experimentado nada tan desagradable como eso. Te juro que tuve que sostener el corazón con la mano para que literalmente no me desgarrara la piel y se cayera al suelo. Fue acojonante.
-        ¿Y la risa? ¿No la volviste a oír?
-        Algo peor, sentí la presencia del asaltante a mi espalda, su respiración en mi nuca. Estaba aterrado. Empujé la puerta con tanta fuerza que la hice pedazos. Salí despavorido pero la mala fortuna hizo que no pudiera frenar a tiempo. Antes de darme cuenta estaba desgastando los escalones que llevan al piso de abajo. Ahí fue cuando me quedé inconsciente.
-        ¿Y te despertaste aquí?
-        Eso es. En esta misma habitación.
-        ¿Quién te encontró? ¿Un vecino?
-        No, fue mi compañera de trabajo, Daniela. 
-        La de los bombones.
-        La misma. Ella llamó a la policía.
-        ¿Y qué estaba haciendo ella allí?
-        Al parecer habíamos quedado para completar unos informes... cosas del trabajo.
-        ¿Al parecer?
-        Bueno, a decir verdad no recuerdo haber quedado con ella, pero tampoco recuerdo como llegué hasta el sofá así que...
-        Ya veo.
-        ¿Otra vez ese ya veo? ¿Qué es lo que pasa ahora?
-        Nada, yo ya tengo lo que necesito. Muchas gracias por todo. Espero que te recuperes pronto.
-        Espera, ¿A dónde vas? No te puedes ir así.
-        Tengo que trabajar.
-        Tú sabes algo. Por favor...
-        ¿De veras no puedes unir los puntos? Apareces inconsciente en la escalera, medio desnudo, la puerta de tu casa forzada, el lugar destrozado. Podrías haberte vuelto loco temporalmente y haber sido tú el responsable de todo, pero con tú historial previo lo más lógico es pensar que estabas drogado. De nuevo, si no fuiste tú el que ingirió la sustancia que fuera voluntariamente, es que alguien te la coló sin darte cuenta.
-        Puede ser.
-        Eso nos lleva al por qué. Cuál es el motivo. El robo es una buena razón, pero dices que no se llevaron nada de la casa. Al menos, y la policía lo confirma, el dinero que tenías en la mesita de noche seguía allí. Lo que descarta esta hipótesis. Así que quitando el vandalismo puro y sin sentido, parece más bien que lo que la motivación era personal. Tú mismo has apuntado en esa dirección.
-        Sí, pero ¿quién puede querer hacerme esto?
-        Creo que tienes todas las piezas delante.
-        No lo sé. No se me ocurre nadie...
-        Por Dios, hombre, no te niegues a la evidencia. ¿Cuántas personas han venido a visitarte desde que estás aquí?
-        Pues... mis padres... mi mujer... Daniela
-        Sí, la buena amiga.
-        Lo es.
-        Eso dices tú, yo la he visto salir, he visto cómo te miraba, y te aseguro que no era como una amiga.
-        ¿Qué quieres decir?
-        Si no sabes lo que quiero decir, lo puedes leer mañana en el periódico, sección de noticias locales. Que te mejores, y cuidado con comer demasiados bombones.
-        Pero... espera.... no creerás que Daniela... espera...