La anciana se desplaza cojeando por el pasillo de los cereales, dobla a la derecha en la sección de congelados y finalmente, después de casi dos minutos de caminar ininterrumpido se detiene delante de un cajón que guarda una pequeña montaña de peras. Toma una con su mano derecha y la abrillanta contra su vestido gastado. Con cara de desagrado aproxima el peso utilizando su brazo como balanza. Todavía descontenta se acerca la fruta a la cara. Cuando está a menos de cinco centímetros de su nariz, un empleado del supermercado la detiene.
- Perdone señora, pero no se puede coger la fruta con las manos. En las esquinas de las estanterías dispone de guantes si lo desea.
La anciana decide ignorarle y se mantiene quieta con la pera en la mano. El joven indeciso, vuelve a dirigirse a ella, que sintiendo cómo se acerca lanza un bufido como un gato acorralado tratando de ahuyentar a un animal de mayor envergadura. El empleado, visiblemente aturdido por la reacción y sin la menor intención de provocar un escándalo se retira al fondo del pasillo esperando que la anciana calme sus ánimos. Mientras el joven se aleja, ella aprovecha para hundir la uña mellada de su dedo gordo en la piel amarillenta de la pera. Descontenta con el resultado y ya con el joven mirándola otra vez, vuelve a dejar la pieza de fruta en el montón. Lo hace lentamente, sin apartar la vista del empleado. Después coge su cesta de la compra y exagerando más si cabe su torpe caminar se dirige hacia las cajas registradoras. Ismael ve toda la escena desde un pequeño stand con pilas alcalinas y paquetes de chicles. Cuando la anciana sale del supermercado, la sigue a una distancia prudente hasta que ésta se desvanece en un portal de la calle Candela.
A la derecha hay una pequeña tienda de fotocopias y una tienda de uniformes guarda el flanco izquierdo. De frente el portal de la anciana. La luz del sol alumbra parcialmente ya que la parte inferior de la fachada está tapada por las ramas de un platanero. La visibilidad aún así, es buena sin coches aparcados en la acera gracias a unos pivotes metálicos. Un pequeño entrante donde se sitúa un cajero automático le permite a Ismael ver sin ser visto. La calle no es muy transitada, ni por vehículos, ni por peatones lo que facilita su tarea de vigilancia. El tiempo sin embargo pasa despacio y la espera se le hace más larga de lo habitual. Intenta distraer su mente con pequeños detalles, dibujando laberintos en los ladrillos de la casa, o imaginando figuras en las manchas de humedad que desdibujan la fachada del edificio. A pesar del esfuerzo, con los minutos surgen las dudas. Lleva demasiado tiempo buscando y no quiere equivocarse otra vez. Hace tres años Ismael persiguió a un hombre por media ciudad, no tendría más de treinta años. Era invierno y llevaba una sudadera gris y unos cascos que le hacían las veces de auriculares y orejeras. Todos los datos apuntaban en la misma dirección e Ismael lo rastreó durante un par de semanas más antes de acorralarle en un callejón del centro. Cuando le interrogó, el joven se orinó en los pantalones. Le entregó una bolsa con unos cuantos sobres de cocaína y comenzó a pedir perdón y balbucir excusas y súplicas. Al parecer había robado la droga. Cuando Ismael mencionó lo que andaba buscando, la mirada del chico no dejó lugar a dudas, no tenía ni idea de lo que le estaba hablando. La conversación no se dilató y acabó abruptamente, con el joven de la sudadera tendido en el suelo del callejón y un charco de sangre creciéndole debajo.
Se ha hecho de noche. Han debido de pasar poco más de tres horas, cuando se abre el portal del edificio y la anciana sale a la calle, dirección norte. Su vestido es distinto, más moderno aunque igualmente gastado. Lleva un bolso dorado a juego con los pendientes y unos zapatos con un pequeño tacón rojo. Camina a paso ligero disimulando la cojera de unas horas atrás. Ismael la sigue a unos treinta metros siempre por la acera contraria. Salen a la calle principal y pasados un par de bloques la anciana entra en un edificio grande con un luminoso en letras rosas y azules, Bingo Chicago. Ismael espera unos minutos estudiando el exterior y finalmente entra él también. Tras un breve paso por recepción donde toman sus datos, Ismael pasa al salón principal. La estancia tiene más de 8 metros de altura, herencia sin duda de los antiguos cines en los que se asienta el nuevo local. El techo lo cubre una enorme ola dorada que avanza desde la puerta de entrada hasta la pared frontal, donde un panel, ligeramente inclinado y con forma de elipse, anuncia los números del juego. Debe de haber unas 15 mesas repartidas en tres hileras que ocupan todo el salón. Ismael localiza a la anciana en la fila central. No está sola. Comparte lugar con una señora también mayor aunque más gruesa y de rostro más suave. En frente de ambas un hombre de unos setenta años con bigote blanco. Lleva una camisa con estampado de cebra y ríe detrás de unas enormes gafas de conchas. Acaba de cantar línea. Ismael se sienta a dos mesas en diagonal de la anciana y sus acompañantes, pide un güisqui y compra un cartón que rellena sin perder de vista su objetivo.
Pasa más de una hora y no se produce movimiento alguno en la mesa de la anciana. El hombre ha cantado línea dos veces más y la amiga de la anciana ha cantado un bingo. Ismael ha perdido catorce cartones y se ha tomado otros dos güisquis. Pide otro cartón. En ese momento la anciana se levanta de la mesa y se dirige a paso lento a los servicios. Ismael permanece en su sitio unos momentos hasta que apresurado termina su copa de un trago y la sigue. Ella se mete en los lavabos. Él espera un poco para asegurarse que nadie le ve y entra detrás. Revisa los baños uno a uno mirando por debajo, buscando piernas indiscretas que puedan estropearlo todo. Sólo encuentra los zapatos con el pequeño tacón rojo. Más tranquilo bloquea la puerta del baño con el cubo de basura y espera a que salga la anciana.
- ¿Qué hace aquí? No puede estar aquí. Dice la anciana al ver a Ismael mirándola detenidamente.
- No me andaré con rodeos, démelo y no le haré nada. Ismael suena calmado. Ella vuelve a protestar.
- Este es el baño de mujeres, no puede estar aquí.
- No debería levantar la voz. Dice Ismael sin alterarse. Déjese de tonterías, por favor. Sabe lo que vengo a buscar. Y sabe que me lo voy a llevar por las buenas o por las malas.
Las palabras tranquilas de Ismael surten efecto en la actitud de la anciana, que observa al hombre que tiene delante, primero con curiosidad después con desprecio. Media sonrisa deja asomar un colmillo acompañado de una funda dorada.
- ¿Y quién eres tú para llevarte lo que no te pertenece? Tú no eres nada. Un don nadie. No hay nada que me puedas hacer que me asuste lo suficiente. Ismael se agita.
- ¿Así que es cierto? ¿Lo tienes? La anciana, parece dudar.
En la puerta se oye un pequeño forcejeo. Alguien trata de entrar en los servicios pero la papelera cumple su función. Ismael avisa de que están reparando el baño, que pueden usar los otros, los que están en la entrada. El ruido de detrás de la puerta se desvanece. La anciana retoma la conversación.
- Tú no sabes ni lo que estás buscando. ¿Cuánto tiempo llevas con esto, tres años, cinco?
- Ocho años, contesta Ismael con tono de cansancio. Y no voy a irme de aquí de vacío.
- Ocho años, sonríe la anciana, seguro que por el camino te has dejado todo lo que te importaba. Ismael recuerda. La anciana continúa incisiva.
- ¿Una mujer, hijos tal vez? El silencio de Ismael responde cada pregunta que ella hace. Eres patético. Has malgastado tu vida por nada. Más vale que te vayas por donde has venido si no quieres acabar como yo. Ismael está paralizado, las palabras de la anciana suenan con fuerza en su cabeza. Acabarás solo, jugando al bingo los martes por la noche con dos desconocidos que están igual de solos que tú.
La anciana dice algo más pero Ismael ya no puede oírla. Una afilada hoja metálica asoma por debajo de su brazo derecho. Mecánicamente da un paso hacia delante y hunde la navaja en el estómago de la anciana que se derrumba en silencio, observando la sangre que cubre ya sus manos. Ismael recoge el bolso dorado que ha caído al suelo y empieza a buscar nervioso. Finalmente lo encuentra. Es precioso, tal y como lo imaginaba. Coge el pequeño marco de plata con ambas manos y lentamente comienza abrir una de las dos hojas que a modo de ventana lo protegen.
- No mires, dice la anciana casi sin vida. No estás preparado para lo que vas a encontrar.
- Conocimiento, eso es lo que busco. Replica Ismael. Y es lo que me dará este espejo.
La anciana habla casi en un susurro
- Estás equivocado. No funciona así. Lo que conocerás no será el mundo o el futuro o cualquier otra cosa que te hayan contado. Con este espejo mirarás dentro de ti, en lo más profundo de tu alma y te aseguro que no te gustará lo que vas a ver.
- Eso lo decidiré yo.
- ¡Insensato, mírame, mírame bien! Replica la anciana con sus últimas fuerzas ¿Crees que yo soy así? ¿Que esto es real? Todo es mentira. ¡Mírame! Tengo cincuenta años. El espejo me ha convertido en lo que soy. No me ha dado nada, solo esta miseria...
- ¿Y porqué sigues guardándolo?
La anciana suspira y su voz se desvanece
- Es lo único que me queda. Es lo único…
Ya no dice más. Ismael se detiene un segundo y sin más dilación abre la segunda hoja y deja al descubierto el cristal de un pequeño espejo. Un espejo normal, sin más brillo del esperado, ni más reflejo que el del baño en el que se encuentran. Lentamente Ismael lo levanta y lo incorpora hasta verse completamente reflejado en él. Segundos después cae inconsciente.
Cuando se despierta está tendido en el suelo y le sangra el labio. La anciana descansa sin vida apoyada en la pared del fondo. A su lado se encuentra el espejo cubierto de nuevo por las dos pequeñas hojas de plata. Con cuidado lo recoge y lo guarda en el bolsillo de su chaqueta. Se incorpora y se enjuaga la boca con un poco de agua hasta que deja de sangrar. Sin demorarse más se asegura de que no hay nadie al otro lado de la puerta y sale del servicio volviendo a entrar al salón principal por uno de los laterales. Busca con la mirada la mesa de la anciana. Los acompañantes siguen sentados jugando con aparente concentración el siguiente cartón. Ismael avanza entonces hacia la salida al ritmo que marcan los números del bingo. Llega hasta el umbral, abre la puerta y sale al exterior. Respira profundamente el aire fresco de la ciudad mientras se asegura con la mano que el espejo sigue en su bolsillo. Un par de taxis libres pasan por delante del local. Ignorándolos, mira a ambos lados de la calle. A excepción de una pareja joven apoyada en la esquina de enfrente y un vagabundo dormido encima de unos cartones, está vacía. Se levanta un poco de viento e Ismael, abraza su chaqueta y empieza a subir la pequeña cuesta alejándose del bingo. Lleva una expresión distante en su rostro que la noche no llega a ocultar y una ligera cojera que casi imperceptible le acompaña calle arriba.
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