Mi mujer ha salido con el niño a visitar al pediatra. Con esa mirada que suele poner me ha pedido que colgara su cuadro. No es que ella lo hubiera pintado, es que era de su propiedad, heredado de su abuelo, creo. Al parecer un cuadro de un pintor de cierto renombre para la época, pero eso no viene al caso. Para cumplir el encargo lo antes posible y poder explayarme como es debido en el sofá, me he acercado a la caja de herramientas en busca del martillo. Aquí ha llegado la primera sorpresa de la tarde, el martillo no estaba. He levantado la bandejita que conforma el primer piso de la caja, y en la segunda planta tampoco estaba. Lo que sí había allí era un enorme mazo de plastilina azul. ¿Que he hecho entonces? Seguir con la tarea. No me gusta discutir con mi mujer y sé que si regresa y me ve sentado en el sofá sin hacer nada y el cuadro apoyado contra la pared junto a un clavo solitario en el suelo no se va a alegrar demasiado. El cuadro estará colgado, me he dicho, y cuanto antes me ponga a ello mejor, que me duele algo la espalda y no quiero estar arriba y abajo toda la mañana.
Armado con el descomunal mazo de plastilina me he acercado a la pared, he tomado el clavo con la mano izquierda, lo he colocado justo en el punto donde deseaba que se asentara el cuadro y he golpeado con todas mis fuerzas con el arma que blandía en la mano derecha. He fallado. Como me suele ocurrir en estos casos de tareas domésticas que implican cuadros, estanterías o cualquier otro elemento que precise ser colgado o fijado a una pared, le he dado a mi dedo. Por fortuna la plastilina no me ha hecho demasiado daño y tan sólo me he manchado un poco de la capa azul más superficial de la peculiar herramienta. Con bríos renovados he vuelto a cargar el brazo derecho y he golpeado, esta vez de lleno, en el pequeño clavo metálico. Al retirar el mazo, el clavo no estaba en la pared. Descansaba plácidamente en el enorme basto azul de plastilina. La tarea se presentaba más compleja de lo esperado y me he acercado a la cocina a servirme un vaso de agua que calmara mis nervios. He mirado el reloj. El minutero no daba tregua y mi mujer y el niño, que antes no lo he mencionado, pero se llama Tomás, tampoco he mencionado el nombre de mi mujer, que se llama Miranda, pero nada de esto viene al caso, deben estar a punto de emprender el camino de regreso. Al terminar el vaso de agua algo se ha encendido en mi cerebro, un recuerdo cercano. Corriendo he llegado hasta el cuarto donde estaba la caja de herramientas, la he abierto, he destapado la primera planta y como por arte de birlibirloque, allí estaban, cinco clavos de plastilina, la única manera en la que mi tarea no podría fracasar. Y sin embargo fracasó. He repetido la operación tal y como la realizaría con un martillo y unos clavos al uso y al sacudir con el mazo a aquella pequeña punta amarilla, la pared se ha visto decorada por un precioso círculo del mismo color que mi clavo de plastilina.
Desesperado me he sentado en el sofá y me ha entrado una indescriptible tentación de desconectar mi mente y permanecer allí hasta que Miranda y Tomás hicieran su aparición. No lo he hecho y he seguido dando vueltas en mi cabeza en busca de una solución a este desagradable problema doméstico. Al final lo he visto claro. La solución estaba delante de mis ojos. La única manera de clavar un clavo de plastilina usando un mazo de plastilina, es hacerlo, como no, en una pared de plastilina. No he perdido el tiempo, y aunque me cuesta arrancar, vago no soy, así que una vez mentalizado, ni corto ni perezoso, me he armado de valor y he comenzado a tirar abajo la pared. Y lo he hecho con lo que he podido, ya que no tenía un martillo al que aferrarme. Así, he usado los alicates, las cuchillas y la propia caja de herramientas como utensilios de demolición. He usado las sillas de la cocina y hasta el busto romano que algún desaprensivo nos regaló en nuestra boda. He usado las botas de cuando mi padre hizo la mili y he usado el extintor vacío que mi mujer guarda en la entrada y un atlas de tapa dura que no se de dónde ha salido y un G.I. Joe de Tomás que lleva consigo múltiples accesorios de batalla. He usado pilas alcalinas y el perchero con los abrigos colgados. He usado cosas de las que me avergüenzo ligeramente y otras que ni siquiera sabía que existían. He usado de todo, pero lo más importante, lo he usado bien. Finalmente, la pared ha caído. No ha quedado nada, sólo el vacío de mirar a cielo abierto.
Un pensamiento ha cruzado mi cabeza en ese momento ¿Y si no continúo? Sí, ¿Y si lo dejo tal cual está? Al fin y al cabo, la pared de donde debía colgar el cuadro ha desaparecido. Rápidamente he desechado esta idea. Mi mujer querrá usar otra pared en su lugar y entonces todo volverá a empezar de nuevo incluido el inevitable ciclo de destrucción, que por cierto me he dejado literalmente baldado con un creciente dolor de cabeza y la espalda más atenazada de lo que ya la tenía, aunque eso no viene al caso. Así pues, he borrado esa posibilidad de mi mente y venciendo al malestar general que sentía en cada músculo de mi dolorido cuerpo he buscado plastilina con que construir la nueva pared. Por fortuna Tomás es un enamorado de la escultura desde una edad temprana y en su cuarto guarda un enorme arsenal de ese material en todas sus formas, bolas, tiras e incluso pastillas intactas que por su robustez serían perfectas para armar el esqueleto de la estructura. Con ánimos renovados por la idea de crear algo nuevo he ido transportando el material desde el cuarto del niño hasta el salón, pieza a pieza, pastilla a pastilla. Sin perder más tiempo, ya que el resto de la familia debía estar al caer, he comenzado a reconstruir la pared esforzándome en dejarla tal y como era la anterior versión de cemento y ladrillo. No sé si me ha llevado dos horas o doscientas, pero al final debo reconocer que he hecho un trabajo excelente. Como remate final he tomado el clavo en mi mano y de un certero golpe lo he hundido con el enorme mazo azulado hasta que sólo asomaba de la pared su pequeña cabecita. Orgulloso de mi obra y con cuidado de que no estuviera torcido, me he encaminado a colgar el cuadro de mi mujer. Aquí ha llegado la segunda sorpresa de la tarde. La arandela no estaba. Ni la arandela, ni la cuerda, ni el saliente, ni nada de nada. Sólo la tela lisa pegada de alguna manera al marco exterior. ¿Cómo podría terminar yo ahora mi tarea? Me he preguntado. Inevitablemente sólo había un modo de solucionar el problema, hacer otro cuadro de plastilina, idéntico al original, pero con una preciosa arandela para colgar.
Debo reconocer que este pensamiento ha generado en mi, profunda desazón y desánimo, y no por el trabajo por hacer, que como ya he dicho, no es el trabajo lo que me asusta, no soy un vago, sino porque no domino del todo las artes plásticas. He pensado sin embargo en mi mujer y en lo disgustada que se pondría si vuelve y se encuentra su cuadro sin colgar y me he convencido. Si tengo que hacer una réplica exacta del cuadro para poder colgarla de la pared la haré. Y así que me he puesto con ello. Y me he puesto y me he puesto y casi me pongo a llorar al contemplar la maravillosa obra que he creado en el salón de casa. Me atrevería a decir que he mejorado el original, fuera de quien fuese. Los colores eran tan vivos y la textura tan dinámica que parecía que el cuadro tuviera vida propia. Triunfal y satisfecho, he tomado el cuadro con cuidado y mirando que la arandela casara con el clavo lo he afianzado a la pared con la satisfacción del trabajo bien hecho. En ese momento he oído la puerta y poco después Miranda y Tomás han entrado en el salón.
Tomás rápidamente ha venido hasta el sofá y de un salto me ha abrazado y con la misma energía ha salido corriendo rebotado hacia su cuarto. Miranda ha llegado hasta donde yo estaba, me ha dado un beso y ha comenzado a contar sus peripecias en la consulta del pediatra. Mientras ella hablaba se han hecho patentes mis dificultades para no desviar la vista hacia la obra completada. Mi mujer no obstante ha continuado ignorándome un rato más. Ha profundizado en sus elucubraciones acerca del médico y la relación extra-matrimonial de éste con el psicólogo de la puerta contigua. Yo he tratado de parecer interesado, pero mi mirada se desviaba una y otra vez en dirección al cuadro como una llamada de auxilio de alguien que se encontrara amordazado. Miranda, con más demora de la deseable, ha captado mi extraño proceder y se ha dado la vuelta. Ha visto la pared y el cuadro colgado y tras recolocarse con la mano cambiada las gafas, me ha asegurado con un lacónico movimiento de cabeza que no estaba segura de que el cuadro le gustara después de todo. Que su abuelo le tenía mucho aprecio pero que a ella, francamente, no le decía gran cosa. Quizá sería mejor poner una estantería, ha dicho con ingenua diligencia antes de retirarse a nuestra habitación. Yo, algo abatido por el apagado desdén que había despertado mi obra, he permanecido inmóvil en el sofá. En ese momento Tomás ha entrado en el salón, se ha arrimado a la pared y con la inocencia propia de la edad ha arrancado un pequeño trozo, no más grande que un ladrillo, para esculpir lo que podría adivinarse como un platón de fruta o un robusto cenicero Luego ha arrancado un trozo más y después otro y otro de forma casi mecánica ¿Me he derrumbado o he montado en cólera por ese comportamiento destructivo? No ¿He gritado, pataleado o incluso llorado por reconocer lo efímero de mi trabajo y su inevitable destino? No. he permanecido sereno, tranquilo a pesar de todo, pues ya tenía la lección aprendida y sabía que todavía quedaba suficiente plastilina como para esculpir una figura de un metro veinte de altura y unos 35 kilos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario