martes, 10 de abril de 2012

El caso del collar del 1ºB

 En la parte de atrás de una cafetería de un barrio de la periferia, dos hombres comparten mesa y conversación. Uno, calma sus nervios con un whisky con hielo. El otro, metódicamente da pequeños sorbos a su café expresso, sólo y sin azúcar.
-       Se´que no debería meterte en esto, pero es que no sabía qué hacer.
-       No hace falta alterarse, Vamos a repasar los hechos cuidadosamente y así podremos analizar mejor tus opciones.
-       Gracias de verdad por venir tan rápido.
-       Tranquilo. Vamos a ver, tú llegaste a la casa a las cuatro y veinticinco.
-       Más o menos.
-       Bueno, cuatro y veinticinco aproximadamente. Es decir, hace treinta minutos, de nuevo aproximadamente. No obstante, y como tu bien apostillas, esa no era la casa que tenías que visitar.
-       No, eso es lo bueno, por eso es el golpe perfecto. Nadie puede saber que yo estaba allí ¿No?
-       Esa es una conclusión precipitada y errónea. Piensa un poco, por lo menos hay cuatro personas que saben que tú estabas allí.
-       ¿quién?
-       Bueno, para empezar la persona de tu empresa que te dio el trabajo, suponiendo que sólo una persona estuviera al cargo de asignar las salidas.
-       Sí, eso sí pero...
-       También la persona que te abrió la puerta del portal. Asumo que te identificaste como el encargado de reparar la línea para poder acceder al edificio.
-       Sí, lo hice.
-       Ya van dos. También yo sé, ahora que me lo has contado, que estabas en el edificio en el momento del robo.
-       Ya, pero tú...
-       Y, aunque parezca redundante, por supuesto tú sabes que estabas allí. En caso de interrogatorio podrías doblarte como una hoja y confesar tu presencia en el inmueble irremediablemente.
-       Bueno, sí, cuatro perso..
-       Eso sin contar cualquier persona ajena a ti, desconocido que en caso de elaborarse un retrato robot pudiera identificarte en una rueda de reconocimiento. Como ves, demasiados cabos sueltos en ese punto.
-       Joder, tienes razón, estoy jodido, estoy jodido.
-       De nuevo, amigo mío, no adelantemos conclusiones.
Ambos hombres paran de hablar y dan sendos tragos a sus bebidas. Uno mira cabizbajo alguna solución dentro de su vaso, el otro, el de la taza de café continúa la conversación.
-       Como tú bien has señalado inicialmente la casa de la que sustrajiste el collar no era la casa que tenías que visitar ¿Correcto?
-       Sí, eso sí. Este era el primero B y yo tenía que arreglar la línea en el tercero C.
-       Eso juega a tu favor de manera extraordinaria. No hay nada que vaya a desafiar más la lógica deductiva del futuro detective del caso, que el hecho de que tú llegaras a esa casa por azar. No hay planificación, no hay...
-       Sí, sí, eso es lo que quería decir, joder. Yo no tenía que estar allí. Fue de chiripa que pasé por la casa.
-       Y esta casualidad, como digo, juega a tu favor. Es difícil pensar que tu planearas matar a la anciana para robarle. Demasiado rebuscado, ya que tú no controlas a quien asignan a cada reparación.
-       No, yo no tengo ni idea, sólo te avisan y ya está. Joder, joder...
-       Aunque, por otro lado, podrías tener algún modo de controlar eso, del mismo modo que un experto como tú, podría haber estropeado la línea telefónica del 3ºC a propósito y esperar la oportuna llamada a tú compañía y así tener una buena coartada para acercarte por allí.
-       Joder, eso es mucho planificar.
-       En efecto, y cualquiera que sea el detective que asignen al caso descartará esta hipótesis de trabajo al poco de hablar contigo.
-       Oye ¿Qué quieres decir que no soy lo suficientemente listo para prepara algo así?
-       No, la inteligencia la tienes, el plan es rebuscado, pero no tanto. Lo que te falta es motivación. El collar que has robado ¿cuánto puede valer, dos mil euros, cinco mil euros?
-       No lo sé, supongo.
-       No es mucho dinero para una persona como tú.
-       Hombre...
-       No me interpretes mal. Ya sé que no eres millonario pero no ganas mal.
-       Joder, entonces qué hago. ¿Estoy jodido o no?
-       Bueno, no creo que la policía pueda llegar a relacionarte con el collar a pesar de los cabos sueltos que inevitablemente has dejado por el camino.
-       Menos mal, me quitas un peso de encima.
Dicho esto el hombre resopla y de un trago termina lo que le queda de whisky. Hace un gesto a la camarera para que le sirva otro igual.
-       ¿Tú quieres otro café o algo más fuerte? Invito yo, que ahora tengo pasta de sobra.
-       No, estoy bien gracias.
Esperan en silencio a que la camarera llegue con la bebida. Permanecen así unos momentos.
-       No te veo preocupado.
-       ¿por qué iba a estarlo, has dicho que no pueden pillarme?
-       Yo sólo he dicho que estás a salvo de la policía, nada más.
-       No, por favor, no empieces otra vez. Si no es la policía quién va a venir a joderme.
-       El asesino, por ejemplo.
-       ¿Crees que el asesino me vio? ¿Es eso posible?
-       Posible es casi todo en esta vida. Ahora bien, ¿probable? Lamentablemente es bastante probable. Ten en cuenta que cuando llegaste la puerta estaba abierta, la señora yacía en el suelo en un charco creciente de sangre y el collar, tal y como tú has descrito, estaba encima del sofá junto a una caja desvencijada. Yo diría que el asesino acababa de matar a la señora, había encontrado la caja, la había abierto y justo en ese momento entraste tú en escena. El asesino al verte, se asustó por lo inesperado de tu aparición y se escondió sin tiempo para guardarse el botín.
-       Pero tú dijiste que el collar no era motivo suficiente para matar a la anciana.
-       No era motivo suficiente para ti. No sabemos el nivel económico del asesino, aunque podemos asumir que al igual que su nivel de honestidad es bajo, si todo lo que necesitaba para matar a alguien eran 2000 euros.
-       Pero el asesino no sabe quien soy, ni donde vivo, ni nada de nada.
-       Podría saber donde trabajas por el uniforme que llevas. Y a partir de ahí desenredar la madeja hasta llegar a tu casa, tu familia y tú mismo.
-       No, no. Como hoy hacía mucho calor no llevaba puesta la chaqueta con el logotipo, la tenía dentro de la bolsa.
-       Entonces eso queda descartado. Claro que también podía haberte seguido hasta este café en el que nos encontramos.
El hombre del whisky tiene que contenerse para no atragantarse con la bebida. El otro señala con el dedo sutilmente hacia un taburete cerca de la barra ocupado por un hombre de mediana edad con una cicatriz cerca de la oreja izquierda.
-       Ese hombre de la cicatriz entró más o menos un minuto después de ti y lleva sentado ahí, observándonos desde que se ha sentado. Puede que no quiera nada, puede que sólo se aburra, pero bien podría ser el asesino que te ha seguido hasta aquí esperando en un momento dado recuperar su collar.
-       No puede ser, joder. Yo ni siquiera quería este collar. No sé por qué me lo he llevado. ¿por qué?
-       Es normal, un acto reflejo. Apelaste a tus primitivos instintos, ya que tenías la razón nublada por la presencia del inesperado cadáver de la anciana en el suelo. Le puede pasar a cualquiera.
-       Sí, pero me ha pasado a mí. Yo no quiero morir ¿Qué vamos a hacer, joder? ¿Qué voy a hacer?
-       Lo sabremos dentro de nada, porque el hombre viene hacia aquí.
Lentamente el hombre de la cicatriz se aproxima hasta donde están sentados. Lleva un cigarrillo apagado en una mano. La otra la esconde dentro del bolsillo de su chaqueta. Se frena justo antes de chocarse con el borde de la mesa. No llega a decir nada, el hombre del whisky, se adelanta a cualquier posible movimiento.
-       Toma el collar. Márchate. No quiero saber nada. Por favor. Tómalo y vete.
El hombre de la cicatriz se queda paralizado. Mira a la persona que acaba de dejar el objeto encima de la mesa. Luego se gira escrutando al otro, que sin demasiados aspavientos mantiene una mirada serena. Sin mediar palabra agarra el collar y sale del local andando a paso ligero. La tensión se relaja en la mesa donde están sentados los dos.
-       ¿Te encuentras mejor ahora?
-       Mucho mejor, joder, este collar me estaba matando. Voy a pedirme otro whisky, pero esta vez pienso disfrutarlo. ¿Tú quieres algo?
-       Creo que ahora si que me tomaré un whisky.
Avisan a la camarera que les trae sendas bebidas. Se mantienen ensimismados saboreando el destilado que tienen entre manos. Se abstienen de comentar nada unos instantes. Luego se rompe el hielo.
-       ¿Sabes que el tipo de la cicatriz podía ser sólo alguien que quisiera un cigarrillo? Que fuera el asesino no era más que una conjetura de poco peso.
-       Lo sé. Tú disfruta del whisky y vamos a olvidarnos de ese maldito collar.
En la parte de atrás de una cafetería de la periferia dos hombres sentados en una mesa del fondo brindan por una tarde tranquila.