sábado, 22 de octubre de 2011

Perspectiva


-        Vaya ¿Te han traído bombones?
-        Daniela, una compañera del trabajo. Perdona, me los puedes dejar ahí. No creo que pueda comerlos ahora.
-        Claro.
-        ¿Me acercas la botella de agua, por favor? Esto de estar atrapado en esta cama es terrible.
-        Si te parece empezamos ya.
-        Dispara.
-        No sé, dime ¿Cómo te sientes ahora?
-      No me puedo quejar. Estoy vivo, ¿no? Lo cierto es que si hago memoria de todo lo que me ha pasado reconozco sentir un poco de vergüenza. Hace falta estar muy confundido para que no se te pase por la cabeza la idea de que algo no va bien. Ni siquiera lo vi como una posibilidad. La realidad se desmoronó y me pareció más lógico pensar que era lo normal en lugar de pensar que el problema podía ser yo, mi percepción del mundo. Lo siento ¿No sé si es esto lo que quieres saber?
-        Vas muy bien, no te preocupes. Quizá puedas contarnos antes algo sobre ti, ya sabes, a modo de preliminares.
-        Tienes razón. Lo primero, es lo primero. Preliminares. Me llamo... perdona, eso ya lo sabes ¿supongo?
-        Sí, puedes saltarte esa parte.
-        De acuerdo. Tengo 35 años. 35 años... normales. 35 años de hombre sano, con las preocupaciones típicas de mi generación, dinero, trabajo, mujeres, ya sabes, diversión.
-        ¿Hablamos del tipo de diversión que puede hacerte perder la cabeza de vez en cuando?
-        No quiero mentir. No soy un santo y no era la primera vez que jugueteaba con la realidad, aunque antes siempre lo había hecho conscientemente, Ya sabes, alcohol, drogas blandas, alguna que otra de más calibre, pero nada demasiado serio y por supuesto siempre fui consciente de que lo que experimentaba era o al menos podía ser causa de lo que previamente había ingerido. Oye, ¿esto saldrá también en el artículo?
-        Si explica la historia... pero es mejor conocer primero todos los detalles y seleccionar que es lo importante a posteriori.
-        De acuerdo. Aquel día y quiero dejarlo bien claro, estaba limpio. Nada de mierdas ni mamonadas. Sin embargo me colapsé completamente. Ya desde la mañana.
-        ¿A qué hora fue esto?
-       No lo sé. Entraba luz por la ventana. Creo. Da igual. Dejame llegar al meollo del asunto. Para empezar me levanté en el sofá lo cual ya era raro, porque yo soy de dormir a pierna suelta, pero en mi cama ¿vale? Nunca en el sofá.
-        ¿Recuerdas como llegaste ahí?
-        Pues la verdad es que no. ¡Joder! Es todo tan confuso. Como te digo, el día empezó mal y fue a peor. Primero fueron mis manos. Las miraba y sabía que había algo extraño en ellas pero no acertaba a adivinar qué. Les daba la vuelta arriba y abajo, las abría las cerraba... nada. Entonces caí en la cuenta. Eran las uñas. No estaban.
-        ¿Te las habías arrancado?
-        No. No tenía uñas. Como si nunca hubieran estado ahí. Te digo que todo fue muy raro
-        Pero ahora sí las tienes.
-        Claro, todo estaba en mi cabeza, pero entonces parecía real.
-        ¿Te alarmaste entonces?
-       ¿Que si me alarmé? No demasiado, debo decir. Nunca me he preocupado demasiado por los detalles y las uñas... bueno, si no estaban, no estaban. Mira, ya sé que suena muy raro, pero como te digo, no me había drogado. Los análisis que me han hecho en el hospital lo confirman.
-        ¿Entonces? ¿Enloqueciste de repente? Has dicho que no habías tenido problemas médicos previos.
-        No lo sé.
-        ¿Sabes que hay drogas que pueden causar fuertes alucinaciones y no se detectan en un análisis si no buscas lo que tienes que buscar?
-        Ya te digo que no estoy seguro. Era demasiado real ¿quieres que continúe o no?
-        Perdona, sólo buscaba atar los cabos.
-        No me extraña, yo trato de hacer lo mismo. Verás, lo duro llegó después. Me levanté y traté de alcanzar la puerta del baño, pero las leyes de la perspectiva se habían esfumado. ¿Te acuerdas de todo eso de los puntos de fuga, las líneas que convergen en un punto en el infinito y demás? Nada parecido.
-        ¿Qué quieres decir?
-        Digo que el pasillo que me separaba del baño se hacía más y más grande a medida que avanzaba. La distancia se ampliaba a cada paso. Al final, obviamente no conseguí llegar. Tuve que conformarme con vaciar mi vejiga en una botella vacía de refresco que había al lado del sofá. Déjame adelantarme a tu pregunta. No, lo que pasaba estaba en mi cabeza. ¿De veras quieres que te cuente todas estas locuras? Seguramente estaba drogado como dices.
-        Tú cuéntamelo todo tal y cómo lo recuerdas. Lo importante está en los detalles. ¿Quieres más agua?
-        No, gracias. Estoy bien. ¿Por dónde iba? Ah, sí ¿Empecé a preocuparme entonces? Un poco, pero nada comparado con lo que vino después. Sentado de nuevo en el sofá traté de fijar la vista en algo conocido, asegurarme de que todo lo demás era correcto. Pero no lo era.
-        ¿Qué es lo que viste?
-        Alguien había entrado en mi casa ¡Joder! Todo estaba descolocado. Mi ropa por el suelo, la televisión volcada, los cuadros destrozados, los libros esparcidos por el salón... un desastre. No sólo eso. En una esquina habían hecho una fogata y había trozos de libros a medio quemar, como si estuviéramos en la maldita Alemania nazi.
-        ¿Cómo sabes que no fuiste tú el que hizo todo esto?
-        Ya sé que suena mal, pero aunque no me creas, cuando estoy borracho o colocado sé lo que hago y lo que no. Puedo ver la realidad desenfocada, o perder la memoria de algún que otro momento de la noche, pero siempre, y recalco siempre he sabido cuando he hecho algo malo y cuando no. Las cosas que olvido son nimiedades, tonterías, relleno. Lo importante siempre lo recuerdo.
-      Tranquilo, te creo, pero me gusta tocar todos los puntos. ¿Quién crees que pudo haber sido entonces?
-        ¿Y yo qué sé? Yo soy un tipo muy sociable. Me llevo bien con la gente.
-        Sí, te han traído bombones.
-        Exacto.
-        ¿No crees que el que te ha hecho esto te conocía?
-        Mira, pudo haber sido cualquiera. Hay mucho loco suelto. Seguramente algún envidioso.
-        Puede ser.
-        Bueno, aunque ahora que lo dices sí que hubo algo extraño en todo el tema, algo personal, aunque bien puede haber sido casualidad.
-        ¿A qué te refieres?
-        Entre la pila de libros quemados había uno de especial valor. Valor sentimental quiero decir. Me lo regaló mi mujer...
-        Perdona ¿Estas casado?
-        Estamos separados.
-        Ya veo
-        ¿Por qué dices eso?
-        Por nada. Sólo asentía.
-        No, eras condescendiente. Estamos separados, pero es algo temporal.
-        Tranquilo, no pretendía insinuar nada. Sé que las relaciones son complicadas.
-        Lo siento. Estoy un poco nervioso.
-        Es normal. Continúa por favor. ¿Qué libro te habían quemado?
-        Mi mujer me regaló una edición de El Principito la primera vez que estuvimos en Francia. Es mi libro favorito. Aquel viaje resultó increíble. Yo creo que fue la única vez que fuimos realmente felices.
-        Te entiendo.
-        El libro en sí no tenía ningún valor. Sólo el que yo le daba. Si lo miro ahora todo fue bastante dramático. Alguien había estado en mi casa. Alguien había puesto patas arriba mi vida.
-        Eso es muy duro.
-        Sí, pero no fue lo peor. Lo peor vino cuando me di cuenta de que el que había hecho esto podría seguir todavía en la casa. Sí, esto lo puedes anotar, ahí es cuando me acojoné. En serio, si no hubiera meado antes, lo habría hecho entonces encima del sofá. Eso era miedo de verdad.
-        ¿Y qué hiciste?
-        Haciendo un esfuerzo máximo de auto-control traté de calmarme y escuchar. Por unos momentos no oí nada. Puede que estuviera a salvo después de todo. En un segundo intento por levantarme traté de alcanzar la cómoda y llegar a donde debían estar mi móvil y las llaves de mi coche. Pero como no podía ser de otra forma, el mundo seguía desafiándome de mala manera.
-        ¿Seguías teniendo problemas de percepción?
-        Enormes. No es que el móvil o las llaves no estuvieran allí, es que la que no estaba era la cómoda. Conseguí llegar, no obstante, hasta la pared. Me pareció apreciar algo extraño saliendo de los ladrillos. Cuando pude tocarlos descubrí que la cómoda era el muro y el muro era la cómoda. Los picaportes salían de los ladrillos como si estos pudieran abrirse de manera natural. Estaba muy asustado. Dí dos pasaos hacia atrás y caí al suelo. Caí encima del montón de cenizas y de trozos de libros. Entonces, desde el suelo oí una risa y como suelen decir se me heló la sangre.
-        ¿Reconociste la risa?
-        No. Venía de mi habitación. Me quedé completamente paralizado. Después hice lo único que podía hacer, intentar salir de ahí. Me levanté como pude y toda la habitación comenzó a darme vueltas, como en un barco en alta mar, con olas moviéndome de babor a estribor. Dando tumbos conseguí llegar de nuevo hasta el sofá y concentrar mi vista en la puerta principal. ¡Joder! El corazón me latía con tanta fuerza que creí que me daría un infarto. Nunca he experimentado nada tan desagradable como eso. Te juro que tuve que sostener el corazón con la mano para que literalmente no me desgarrara la piel y se cayera al suelo. Fue acojonante.
-        ¿Y la risa? ¿No la volviste a oír?
-        Algo peor, sentí la presencia del asaltante a mi espalda, su respiración en mi nuca. Estaba aterrado. Empujé la puerta con tanta fuerza que la hice pedazos. Salí despavorido pero la mala fortuna hizo que no pudiera frenar a tiempo. Antes de darme cuenta estaba desgastando los escalones que llevan al piso de abajo. Ahí fue cuando me quedé inconsciente.
-        ¿Y te despertaste aquí?
-        Eso es. En esta misma habitación.
-        ¿Quién te encontró? ¿Un vecino?
-        No, fue mi compañera de trabajo, Daniela. 
-        La de los bombones.
-        La misma. Ella llamó a la policía.
-        ¿Y qué estaba haciendo ella allí?
-        Al parecer habíamos quedado para completar unos informes... cosas del trabajo.
-        ¿Al parecer?
-        Bueno, a decir verdad no recuerdo haber quedado con ella, pero tampoco recuerdo como llegué hasta el sofá así que...
-        Ya veo.
-        ¿Otra vez ese ya veo? ¿Qué es lo que pasa ahora?
-        Nada, yo ya tengo lo que necesito. Muchas gracias por todo. Espero que te recuperes pronto.
-        Espera, ¿A dónde vas? No te puedes ir así.
-        Tengo que trabajar.
-        Tú sabes algo. Por favor...
-        ¿De veras no puedes unir los puntos? Apareces inconsciente en la escalera, medio desnudo, la puerta de tu casa forzada, el lugar destrozado. Podrías haberte vuelto loco temporalmente y haber sido tú el responsable de todo, pero con tú historial previo lo más lógico es pensar que estabas drogado. De nuevo, si no fuiste tú el que ingirió la sustancia que fuera voluntariamente, es que alguien te la coló sin darte cuenta.
-        Puede ser.
-        Eso nos lleva al por qué. Cuál es el motivo. El robo es una buena razón, pero dices que no se llevaron nada de la casa. Al menos, y la policía lo confirma, el dinero que tenías en la mesita de noche seguía allí. Lo que descarta esta hipótesis. Así que quitando el vandalismo puro y sin sentido, parece más bien que lo que la motivación era personal. Tú mismo has apuntado en esa dirección.
-        Sí, pero ¿quién puede querer hacerme esto?
-        Creo que tienes todas las piezas delante.
-        No lo sé. No se me ocurre nadie...
-        Por Dios, hombre, no te niegues a la evidencia. ¿Cuántas personas han venido a visitarte desde que estás aquí?
-        Pues... mis padres... mi mujer... Daniela
-        Sí, la buena amiga.
-        Lo es.
-        Eso dices tú, yo la he visto salir, he visto cómo te miraba, y te aseguro que no era como una amiga.
-        ¿Qué quieres decir?
-        Si no sabes lo que quiero decir, lo puedes leer mañana en el periódico, sección de noticias locales. Que te mejores, y cuidado con comer demasiados bombones.
-        Pero... espera.... no creerás que Daniela... espera...

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