domingo, 16 de octubre de 2011

Dos hombres


 -        Casi no aparezco.
-        Lo importante es que has venido.
-        Sí, pero casi no vengo.
-        ¿Lo has traído todo?
-        Está ahí.

Mientras Marco permanecía de pie junto a la columna, el otro, Tomás, el mayor de los dos, se acercó hasta alcanzar una bolsa negra. La abrió y revisó el contenido una vez y luego una vez más.

-        ¿Y la linterna?
-        Tiene que estar ahí.
-        No, ya he mirado y no está. Te la has vuelto a olvidar. Bueno, da igual, la última vez no la utilizamos y salió todo bien.

Marcó suspiró.

-        Creo que esta es la última vez que vengo. Ya no tenemos edad.
-        No digas tonterías. Esto es todo lo que sabes hacer. Anda, arreglate que sólo faltan diez minutos.
-        Anoche me dolía el pecho. Un dolor agudo. Tengo que ir a hacerme un chequeo.
-        ¿Te duele ahora?
-        Un poco.
-        No será nada. No te preocupes. Venga, que no nos queda casi tiempo.

Tras un momento de duda, Marco se puso en movimiento. Primero los pantalones oscuros, luego el jersey de rayas negras y blancas. Finalmente el antifaz para la cara y el saco con el símbolo del dólar ya desgastado.

-        ¿Qué tal estoy?
-        Perfecto. Yo me ajusto el antifaz y también estoy preparado.
-        ¿Oyes eso? Parece que hay bastante público.
-        ¿No te lo dije? A la gente le encantan este tipo de obras. Simples y al grano. La risa siempre es el mejor recurso. Nunca falla.
-        Bueno, creo que ya nos toca. Me ha parecido oir que presentaban nuestro número.

Después de un rato de tensión los dos hombres salieron al escenario. El público no era escaso. Una buena entrada después de todo, aunque sin duda nada parecido a sus noches de gloria. Aquellas noches en que disfrutaban de un merecido prestigio dentro del mundo de la farádula y llenaban enormes teatros y fastuosos cabarets. Y la gente lloraba, cantaba, reía, todo al son que ellos marcaban. De eso hacía ya muchos años. El escenario en el que ahora se encontraban no superaba los seis metros de largo, y los espectadores no eran ni de lejos el entusiasta público de los viejos tiempos.

Marco y Tomás hicieron su número y lo hicieron bien. El público rió cuando se esperaba y cuando se terminó la función recibieron los aplausos merecidos. El telón se cerró y se retiraron a la parte de atrás a quitarse los disfraces. Lo hicieron despacio, sin aspavientos.

-        La semana que viene tenemos otra actuación.
-        ¿La semana que viene?
-        Sí. Es en una residencia, La Vereda se llama. Nos pagarán bien. Y el público estará asegurado.
-        No sé. Creo que somos demasiado mayores para esto. En esa residencia deberíamos ser nosotros parte del público.
-        No digas tonterías. Todavía somos jovenes. Lo importante está aquí.
-        Me duele todo, Tomás. No creo que pueda seguir con esto.
-        Tu déjame a mí. Ya sé que al principio te cuesta, pero luego lo pasamos bien. Tú déjame a mí.

Tomás comenzó a recoger los disfraces. Y mientras plegaba con cuidado los sacos del dinero oyó un ruido sordo a su espalda, como un fardo cayendo desde lo alto. Al darse la vuelta vio a Marco en el suelo, con los ojos abiertos, intentado aferrarse a la vida. Tomás se acercó a toda prisa.

-        Marco, Marco, ¿Qué te pasa. Amigo?, venga, háblame.

Le dio varias palamadas en la cara y después trató de oir los latidos del corazón. No escuchó nada.

-        ¿Marco, que estás haciendo? No te puedes ir ahora, no me puedes dejar así. Marco

Los gritos retumbaron en el vacío de la estancia. Tras un minuto de ausencia Marco volvió a respirar. Tomás al verlo sólo pudo llorar abrazado a él.

-        Pensé que me habías abandonado. Pensé que me habías abandonado. Pensé...
-        No te librarás de mi tan fácilmente.
-        No, desde luego que no. No, no, no dejaré que te vayas así. Déjame que llame a una ambulancia. Tienes un aspecto horrible.
-        Tengo muchas sed.

Tomás se retiró un momento y llamó al número de emergencias. Cuando regresó Marco tenía mejor color.

-        Por un momento me habías engañado. Se ve que tienes madera de actor
-        Por supuesto, un actor lo es para toda la vida. Pero hazme un favor, cancela la función de la residencia. Creo que necesito un descanso.
-        Claro que sí, eso está hecho amigo.  Tómate un par de semanas de relax. Ya volveremos más adelante. Además he estado pensando en cambiar el número. Seremos policías esta vez ¿Eh? ¿Qué te parece?
-        No sé. No lo sé.


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