- ¿No tienes tiempo ahora?
- …
- No, no pasa nada, sólo quería saber qué tal. Ya hablaremos en otro momento.
- …
- Claro, claro, tu tranquila. El trabajo es lo primero. Si yo te contara, hay días que no tengo tiempo ni de dormir. El otro día mismo.
- …
- Sí, ya hablamos otro día.
- …
- Nada. Un beso guapa.
- …
- Adiós, adiós.
Camila cuelga y guarda el teléfono en el bolso. Iba de camino a casa. Saliendo del trabajo había aprovechado para comprar la cena en el pequeño mercado que acababan de reformar. No le quedaba exactamente de paso, pero el ambiente de aquel sitio era relajado, y los tenderos la trataban siempre con amabilidad. Quinientos metros separaban aquel lugar de su casa. A medio camino había llamado a su amiga Sandra, pero estaba demasiado ocupada. Con la mirada perdida, Camila llega hasta el portal, abre la puerta y comienza a subir las escaleras. A la altura del segundo se cruza con un vecino. Lleva una maleta grande. Espera en el rellano a que ella pase con la compra y emite un saludo casi en silencio.
- Hola, contesta Camila con una voz clara.
El hombre avanza un par de pasos y antes de que comience a bajar las escaleras Camila le pregunta
- ¿Te vas de viaje?
El hombre, joven, de unos veinticinco años, mira a Camila de arriba abajo de manera furtiva. Cambia de mano su maleta y ya desde el primer escalón dice
- Hasta luego
Camila se queda quieta unos momentos. Se cambia ella también de mano las bolsas y sigue subiendo hasta llegar al cuarto. Entra en la casa y coloca la compra metódicamente. Después de unos segundos mirando a la encimera se pone a prepara la cena.
---
- Me encanta como preparas los macarrones. De verdad cariño, les tienes pillado el punto.
- Gracias, dijo Camila desde la cocina.
Su marido estaba en el salón, sentado con una bandeja en el sofá viendo la televisión.
- Cada vez que me acuerdo de los que me ponen en la cantina del trabajo. ¡Joder! No hay quien se los coma. Y mira que son macarrones, no es ninguna cosa del otro jueves, pues nada. Siempre están pasados. ¿Sabes cómo te digo?
- ¿Y cómo es que hoy has llegado tan tarde?
- Sí, ha sido el Luis otra vez, ese tío es que es tonto. No sé como sigue contratado, la verdad. La ha liado para variar y hemos tenido que quedarnos a solucionar el tema. Por lo menos tú ya has cenado.
- Sí, dijo Camila. Se hacía tarde, te llamé y como no contestabas, me comí los macarrones hace un rato.
- No pasa nada. Has hecho bien. Estas cosas es que son así, te pones, te pones y al final te dan las mil y no has hecho ni la mitad de lo que querías. ¿Sabes cómo te digo?
- Sí ya sé.
Camila friega los platos con parsimonia, ensimismada en los círculos concéntricos de la vajilla nueva. Su marido termina su plato en el sofá. Se levanta y se lo acerca sumergiéndolo en la pila tras una indicación de Camila. Luego abre el frigorífico y se queda mirando sin saber lo que quiere.
- Antes me he cruzado con el vecino.
- ¿Quién el viejo de aquí al lado?
- No, creo que era el del tercero. El que vive debajo nuestro.
- Ya sé quien dices. Ese tío es muy raro. Es como si no estuviera en casa. Nunca hace ruido. Nunca se oye nada en su piso... Como si no estuviera.
- ¿A lo mejor es que no suele estar en casa? Hoy le he visto con una maleta.
- ¿Ah sí? ¿Y adónde iba?
- No lo sé. No me lo ha dicho.
- ¿Pero le has preguntado?
- Sí, claro. Pero no me ha dicho nada.
- Es muy raro ¿Sabes cómo te digo? Además ¿Cuántos años tiene? Yo creo que no tiene ni veinte ¿A saber de dónde saca el dinero para pagar el alquiler?
El hombre finalmente cierra la nevera con un yogur en la mano. Toma una cucharilla del cajón y se lo empieza a comer de pie junto a Camila.
- Ese piso, dice Camila, era de aquella familia de Lugo, ¿Te acuerdas? Creo que se apellidaban Patiño o algo así.
- ¿Los que tenían una hija un poco...subnormal?
- No digas eso, le había pasado algo al nacer, creo que falta de oxígeno en el cerebro o algo así y la pobre tenía cierto retraso.
- Sí, me acuerdo de ellos. El hombre era electricista o algo así ¿no?
- No lo sé. ¿No te acuerdas que también tenían un hijo? A lo mejor es este chico que vive ahora sólo en la casa.
- No sé. No me acuerdo.
- Yo creo que sí. Creo que es él. Ya le preguntaré.
- Tú misma.
- ¿A dónde crees que ha ido?
- ¿Y yo que sé? ¿Por qué te interesa tanto ese tío ahora?
- Por saber.
- ¿Te gusta o qué?
- ¿Qué tontería? Si es un chaval. Sólo tengo curiosidad.
- Bueno. Yo me voy a ver la tele, que estoy destrozado.
Camila termina de fregar la sartén y la olla. Cuando ya no queda nada sucio, tira con fuerza del pequeño plástico negro que siempre se queda atascado. Después de un par de segundos consigue liberarlo y el agua del fregadero empieza a descender haciendo crujir las tuberías a su paso. Camila vuelve la vista a su marido. En el sofá, cambiando los canales del televisor con cierta desgana, como todas las noches. A veces pasa por todos ellos sin prestar atención. Otras veces se detiene en algún programa de esos de teletienda que venden utensilios de cocina. Le encantan esos anuncios. Nunca ha comprado nada y pocas veces se anima a cocinar, pero esas sartenes antiadherentes y esos cuchillos que nunca se desafilan le atrapan de manera hipnótica. Camila está quieta delante del fregadero, y ve vaciarse la pila de agua hasta el final hasta que cesa el ruido de la cañería. Después de unos segundos, casi sin querer, mecánicamente, vuelve a encajar el tapón negro en la boca de la tubería y abre de nuevo el grifo. Ya con el agua a la mitad, vuelve a lavar la olla de los macarrones.
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